32. Sólo muérete

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Patrick

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Patrick

El partido había sido un absoluto desastre. No recuerdo haber prestado atención a nada de lo que ocurría en la cancha; los goles, las jugadas, los gritos de la gente... todo se diluía en un murmullo mientras mi mente estaba atrapada en Grecia. En cada pausa del juego, cada pase, cada rebote del balón, lo único que podía escuchar era su nombre, resonando con fuerza en mi cabeza. Lo idiota que fui, lo cobarde, lo desesperado que estaba por protegerla sin siquiera hablarle...

En el camino de regreso a casa, el silencio del auto era insoportable. Cada luz roja me parecía una eternidad, cada semáforo me recordaba lo lejos que había estado de ella, lo mucho que la había dejado sola. No podía soportarlo más. Mi corazón gritaba, pero mi mente tartamudeaba entre la culpa y la necesidad de acción. Finalmente, agarré mi celular con manos temblorosas y le escribí a Alexandra:

"Vete al infierno y solo muérete, bruja."

Ni siquiera esperé respuesta. Sabía que ella entendería. Sabía que no iba a seguir alimentando esta farsa, este circo barato que había destrozado la vida de alguien que amo. Cada palabra que le enviaba era un filo afilado lanzado desde la distancia, un pequeño acto de venganza, de advertencia: ya no podía manipularme más.

Al día siguiente me levanté antes del amanecer. La casa estaba en silencio, y el mundo parecía contener la respiración. Llamé a Luke y Tristan primero; eran los más rápidos, los que siempre respondían sin cuestionar. Les dije apenas unas palabras: "Vengan ahora. Es importante." Diez minutos después, todos estaban frente a mí, en la sala de reuniones de mi padre, mirándome como si esperaran que apareciera un monstruo en lugar de su amigo.

Caminaba sin cesar, incapaz de quedarme quieto, como si estuviera quemando cada segundo con pasos nerviosos. Cada respiración parecía demasiado corta, cada pensamiento demasiado grande. Cuando Tristan rompió el silencio con su típico pragmatismo, suspiré y me senté, decidido a soltarlo todo. Les conté la verdad: la amenaza de Alexandra, cómo me había dejado intimidar, cómo me alejé de Grecia sin darle la mínima explicación, todo por miedo a que algo le pasara. Cada palabra que salía era un golpe contra mí mismo, recordándome lo cobarde que había sido.

—No puedo creer que me haya dejado manipular así —dije, resoplando, frotándome la cara con las manos—. Soy un imbécil.

Ellos no dijeron nada. Solo me miraron, y en sus ojos vi el mismo odio que yo sentía, pero también determinación. Querían ayudarme. Querían que Grecia tuviera justicia, que Alexandra pagara por todo lo que le había hecho. Discutimos planes, posibles estrategias, movimientos que podríamos hacer, hasta que finalmente llegamos a una conclusión clara, casi instintiva: no íbamos a retroceder.

Llamé a mi padre. Necesitaba un abogado de su confianza, alguien que supiera cómo convertir todas las piezas dispersas en un golpe que no pudieran ignorar. Cuando llegó, lo puse al corriente de todo, desde la amenaza de Alexandra hasta mi cobarde retirada. Él asintió, sin preguntas, y se puso en acción inmediatamente, haciendo llamadas que no podía ver pero que sentía vibrar en el aire.

Con los chicos, nos dirigimos primero al fotógrafo de la fiesta donde todo había comenzado. Luke decía conocerlo, y yo confiaba en él. Nos subimos a los autos, la adrenalina corriendo por mis venas, y llegamos al estudio. Entramos y nos encontramos con un hombre que fingía ignorancia. Cada palabra que salía de su boca era un insulto a nuestra paciencia.

No aguanté más. Lo agarré del cuello, apretando lo suficiente para que supiera que no había escapatoria, y le dije con la voz quebrada por la rabia:

—Más te vale darme esas fotos, o no responderé por lo que te pase.

Su mundo se derrumbó en un instante. Para un fotógrafo, su estudio era sagrado. Nos dio lo que queríamos. Fotos. Evidencias. Fragmentos de la verdad que Alexandra había intentado ocultar.

Pero eso no bastaba. Sabíamos que sin un testigo que confirmara lo que había sucedido con Grecia, Alexandra podría intentar negarlo todo, minimizarlo. Necesitábamos a alguien que hubiera visto lo que pasó, aunque no hubiese querido involucrarse antes.

Luke mencionó a un chico que, según lo que había oído por otros estudiantes y rumores entre la gente del instituto, había estado presente en la misma fiesta. Nadie lo había visto participar en nada, pero se decía que había observado todo desde un lugar apartado, sin involucrarse con nadie. Nos tomó horas rastrearlo, asegurarnos de que existiera, confirmarle los hechos y conseguir que aceptara ser nuestro testigo. Finalmente, logramos que estuviera dispuesto a declarar y a aportar el testimonio que podía cambiarlo todo.

El testigo, nervioso y tembloroso, nos contó con detalle lo que vio: los actos de Alexandra contra Grecia, cómo la humillaba, la dejaba indefensa, la manera en que nadie intervino. Cada palabra era una daga clavándose en mi pecho, mezcla de rabia, impotencia y alivio: rabia por lo que había sufrido Grecia, impotencia porque no había estado allí para detenerlo, y alivio porque ahora finalmente había alguien que podía testificar y respaldar la verdad con claridad legal.

Con su testimonio, todo tomaba otra dimensión. Las fotos, los videos, los afiches, todo era importante, pero este testigo era la pieza clave. Era la prueba irrefutable de que no se trataba solo de acoso o humillación, sino de algo mucho más grave. La gravedad de la situación me golpeó de lleno: esto no era solo un conflicto de instituto, era la justicia que Grecia merecía.

No perdimos tiempo. Tomamos una copia de todo, las fotos, los videos, los documentos, y nos dirigimos de inmediato al instituto. Con la evidencia en mano y el testigo dispuesto a declarar, fuimos directo a la dirección para solicitar acceso a las cámaras de seguridad. Conseguimos permiso y nos adentramos en la sala de control, cada monitor un universo silencioso de actos que nadie debió presenciar. Allí vimos nuevamente cómo Alexandra manipulaba afiches, cómo trataba de borrar pruebas, cómo destruía la vida de Grecia.

Odié a esas personas que habían mirado hacia otro lado. Odié su indiferencia, su complicidad pasiva. Pero ahora teníamos todo lo necesario para luchar. Grecia no estaba sola. Alexandra no tendría escapatoria.

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