29. No la soporto

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Grecia

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Grecia

Estaban todos conversando cuando me vieron e inmediatamente salieron a abrazarme. Lo odiaba, pero en ese momento lo mejor era no comentar nada; si decía algo, seguro lo contarían a mi madre, como si tuviera cinco años. Me sentía incómoda, y más cuando mi abuela por parte de mi padre habló:

—Basta, la van a dejar sin aire a la pobre.

Le susurré un "gracias" mientras me acercaba y le daba un abrazo. Era la única en la que, de alguna manera, podía confiar: cariñosa, comprensiva, alguien que no juzgaba ni minimizaba mis sentimientos. Tenía historias increíbles, y eso hacía que su compañía fuera especial, sobre todo porque yo rara vez celebraba mis cumpleaños o estaba realmente en casa con la familia.

Me deslicé hacia la cocina para servirme un vaso de agua, tratando de apartar los pensamientos que me revolvían el estómago. Al acercarme a la heladera, vi una fotografía mía con un caballo negro, Hércules. Sonreí un instante, recordando mi infancia y cómo lo había nombrado yo misma. Mientras tomaba un sorbo, sentí un susto: una de mis primas apareció de golpe junto a mí, haciendo que me atragantara un poco.

—Jajaja, lo siento, no fue mi intención.

—No pasa nada —dije con voz firme, ocultando mi molestia—.

La observé: vestía exageradamente, con un vestido rojo que le llegaba debajo de las rodillas, muy llamativo para estar en la granja. La forma en que me miraba y me hablaba tenía un filo invisible, como si cada comentario buscara hacerme sentir mal. No me sorprendería que supiera exactamente lo que había pasado en mi pasado, porque mi madre, sin duda, se lo había contado.

—Todavía no terminé de hablar —me dijo, tomándome del brazo—. ¿Por qué no trajiste a tu amigo ese...? ¿Cómo era que se llamaba?

Sus palabras eran punzantes, cargadas de burla, y yo sentí cómo la ira subía por mi garganta. No podía creer que usara cosas que yo nunca quise mencionar en su contra, intentando provocarme, humillarme frente a los demás.

—Uhh, pobrecita... Hace un tiempo me contaron lo que pasó. ¿Así que ya no lo querías y por eso lo obligaste a subir a la balsa o algo así, para después...? —Se quedó mirándome con una sonrisa cínica—. Cuéntame.

Simplemente la miré con odio, y tiré su mano de mi brazo. Me alejé hacia el fondo de la cocina, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón latiendo con fuerza. Quería gritar, quería golpear algo, pero todo lo que hice fue caminar, contener mi rabia y mi dolor mientras las lágrimas caían silenciosas. Todo seguía doliendo como si hubiera sucedido ayer, y sentía una punzada de impotencia y culpa que no podía sacudirme.

Necesitaba respirar, necesitaba un refugio. Caminé hasta los establos, buscando a Hércules. Quizá todavía estaría allí. Mis pasos eran lentos, controlando la respiración, mientras cada recuerdo golpeaba mi mente. Al final del pasillo, justo cuando pensaba en darme por vencida, miré por debajo de una de las puertas de los boxes individuales y lo vi acostado.

—Hey, Hércules... —susurré, arrodillándome frente a él—. Sé que me oyes. Perdona por no venir en tanto tiempo, pero... aquí estoy. ¿Sí?

Movió la cola, se levantó y se acercó a la puerta. Sonreí a través de mis lágrimas, acariciándolo mientras sentía que, por un instante, mi corazón encontraba un poco de paz.

—No sabes todas las cosas que han pasado... —dije, mientras mis sollozos se mezclaban con la calma del establo—. Hoy me crucé con alguien que me quiere ver mal, y... me alegra tener un amigo como tú ahora. No hablo de nadie más, solo de ti, Hércules.

Tomé un momento para respirar, sintiendo la suavidad de su lomo bajo mis manos. Aunque el dolor seguía allí, aunque el recuerdo de lo perdido me pesara en el pecho, sabía que este era mi refugio. Que podía permitirme llorar, hablar, soltar un poco de todo lo que había contenido.

—Es momento de que me vaya —susurré—. Necesitas descansar y yo... aunque no quiera, debo volver con los demás. Seguro nadie notó que me ausenté, pero... espero verte pronto.

Me levanté, dejando a Hércules atrás, y regresé lentamente hacia la casa. Me senté al lado de una de mis tías, intentando recomponerme, mientras dentro de mí, un torbellino de emociones se asentaba: tristeza, ira, miedo... y la necesidad de seguir adelante, aunque cada paso doliera.

 y la necesidad de seguir adelante, aunque cada paso doliera

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