16. ¿Patrick?

242 27 19
                                        

Volver a la rutina siempre tenía algo de castigo

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Volver a la rutina siempre tenía algo de castigo.

Era lunes —o tal vez martes—, pero daba igual. Todos los días en el instituto tenían el mismo sabor: tiza, murmullos y tensión contenida. No tenía ganas de nada. Ni de escuchar sus risas. Ni de sentir esas miradas que pesan más que una mochila llena de libros.

Por eso no apuré el paso.

Si llegaba tarde, al menos evitaría el momento de cruzarme con todos en la entrada.

Antes de doblar la esquina que llevaba al instituto, vi la pequeña librería de siempre. Nunca entraba. Pero ese día algo me impulsó a hacerlo.

Tal vez necesitaba retrasar lo inevitable.

La campanita sobre la puerta sonó cuando entré. El lugar olía a papel viejo y madera. Era un aroma cálido, casi maternal. Las estanterías estaban repletas y el polvo parecía parte de la decoración.

Detrás del mostrador había una mujer mayor, de cabello blanco recogido en un rodete prolijo y gafas finas apoyadas en la punta de la nariz. Levantó la vista apenas me oyó entrar.

—Buenas tardes, querida. Si precisas algo, no dudes en consultarme.

Su voz era suave. No invasiva. Le devolví la sonrisa.

—Gracias.

Caminé entre los estantes con lentitud, pasando los dedos por los lomos de los libros. Algunos estaban gastados, otros parecían olvidados. Me gustaba pensar que cada uno tenía su propia historia más allá de lo que contaba en sus páginas.

Y entonces lo vi.

No estaba perfectamente alineado como los demás. Sobresalía apenas, como si quisiera ser encontrado.

Era un libro viejo. La tapa parecía de cuero, con marcas de uso. No tenía ilustraciones llamativas ni un diseño moderno. Solo una palabra escrita a mano, con tinta ligeramente descolorida: Diario.

Nada más.

Lo abrí con cuidado.

Las páginas no eran impresas de forma tradicional. Había escritura a mano. Dibujos pequeños en los márgenes. Recortes pegados. Algunas manchas que no supe identificar. Era extraño. Íntimo.

Sentí algo raro, como si estuviera invadiendo algo que no debía... y al mismo tiempo como si ese libro me hubiera estado esperando.

No encontré el precio, así que me acerqué al mostrador.

—Disculpe... ¿cuánto vale este?

La señora levantó las cejas apenas lo vio.

—Oh... no sabía que aún lo teníamos.

Lo tomó con cuidado, casi con cariño.

—A todos les parece extraño y nunca se lo llevan.

—A mí también me parece extraño —admití—. Pero interesante. Nunca vi un libro así.

Huracán adolescenteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora