Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Luego del receso corto —ese que apenas alcanza para correr, comprar algo y volver antes de que te miren feo por llegar tarde— me despedí de los chicos y fui a historia.
La clase pasó sin nada memorable. Fechas. Guerras. Nombres difíciles de pronunciar. Yo asentía, copiaba, pero mi mente estaba en otro lado.
En quince minutos sería el receso largo.
¿Me sentaba con ellos otra vez?
O volvía a mi mesa de siempre. La del rincón. La que nadie disputaba.
La idea de sentarme sola era cómoda. Conocida. Segura.
Pero también... solitaria.
Si quería saber si lo que había pasado antes era real, tenía que arriesgarme un poco.
Cuando sonó el timbre, caminé hacia la cafetería con el estómago ligeramente tenso. Tomé mi bandeja y recorrí el lugar con la mirada.
Los encontré rápido.
Pero no estaban solos.
Alexandra estaba sentada con ellos.
Mi primer impulso fue dar media vuelta.
Mi segundo fue quedarme.
Observé unos segundos más. Las caras de los chicos no eran relajadas. Luke tenía el ceño fruncido. Tristan tamborileaba los dedos sobre la mesa, claramente incómodo. Alexandra hablaba rápido, moviendo las manos con dramatismo.
No parecían felices.
Bien.
Caminé hacia la mesa y dejé mi bandeja como si nada.
—¿Qué tal? ¿Cómo les fue en sus clases?
El silencio fue inmediato.
Alexandra giró la cabeza hacia mí con esa sonrisa venenosa.
—Tú, ¿qué haces aquí? ¡Vete ahora mismo!
La miré sin apurarme.
—Primero, estoy por comer, ¿no ves? Segundo, si alguien me tiene que echar, esa no eres tú.
Tristan soltó una risa por lo bajo.
Luke apoyó los codos en la mesa.
—Exacto. Así que... ¿nos dejas comer? Porque tú ya te tienes que ir. No te sentarás más con nosotros. Bye.
La expresión de Alexandra fue un poema.
No estaba acostumbrada a que le dijeran que no. Mucho menos en público.
—¿Perdón?
—Escuchaste perfecto —añadió Luke con tranquilidad—. Ya fue suficiente.
Ella recogió sus cosas con movimientos bruscos, me lanzó una mirada que prometía guerra y se fue de la cafetería llevándose varias miradas curiosas detrás.