24. Salida con los chicos

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Estaba algo desorientada al despertarme, pero la confusión se disipó en cuanto el recuerdo de la noche anterior volvió a mí

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Estaba algo desorientada al despertarme, pero la confusión se disipó en cuanto el recuerdo de la noche anterior volvió a mí. Sonreí sin querer. El calor de Patrick todavía parecía quedarse en mi piel.

Estiré el brazo para alcanzar mi celular y casi lo dejo caer cuando vi la pantalla llena de llamadas perdidas. Luke. Tristan. Alec. Incluso un par del resto de los chicos.

Fruncí el ceño y llamé a Tristan de inmediato.

—Mira quién se digna a contestar. Al fin despiertas.

Rodé los ojos, aunque sabía que no podía verme.

—Perdón, su alteza. ¿Pasó algo?

—Sí. Y muy grave.

Me incorporé de golpe en la cama.

—No me asustes, Tris. ¿Qué pasó? ¿Están bien los chicos?

Sentí el corazón acelerarse antes de que terminara de hablar.

—Bien muertos, sí.

—¡¿Qué?! —grité, llevándome la mano al pecho.

Del otro lado estallaron en carcajadas.

—Muertos de ganas de que aceptes salir a festejar nuestra victoria con nosotros. ¿Qué dices?

Cerré los ojos.

—Cuando te vea te juro que te mato.

—Valió la pena —respondió entre risas.

Suspiré.

—Casi me da un infarto, idiota.

—Entonces, ¿vienes?

Lo pensé apenas unos segundos. Hacía tiempo que no salía con ellos así, sin preocupaciones.

—Voy. Pero me pasan a buscar.

—Hecho. Esta noche.

Colgué justo cuando Patrick comenzó a moverse a mi lado, frotándose los ojos.

—¿Quién era? —preguntó con la voz aún cargada de sueño.

—Los chicos. Quieren salir a festejar su victoria.

Asintió, todavía medio dormido, y se levantó para ir al baño. Yo entré después para hacer mi rutina, intentando ordenar mis pensamientos junto con mi cabello.

Almorzamos con sus padres. La madre de Patrick hablaba animadamente mientras su padre comentaba algo del partido. Yo ayudé a levantar la mesa y me quedé un rato más en el sofá con él, disfrutando esa tranquilidad simple.

Más tarde regresé a casa.

Tenía una hora y media antes de que pasaran por mí. Me duché, elegí ropa cómoda pero linda, me maquillé apenas con máscara y labial. Algo natural.

Cuando ya estaba lista, recién entonces fui a pedir permiso.

—¿Con quién vas? —preguntó mi madre.

—Con los chicos. Nos quedaremos en lo de Alec.

Me miró unos segundos y luego asintió.

—Cuídate.

Le sonreí y tomé la mochila que había preparado con algo de ropa. Los libros estaban en mi casillero, así que no los necesitaba.

Le escribí a Patrick para avisarle que me quedaría a dormir con ellos.

"Está bien. Diviértete y ten cuidado", respondió casi al instante.

Cuando salí, la camioneta de Tristan estaba estacionando frente a casa. Subí entre saludos y bromas.

No pregunté a dónde íbamos.

Lo supe cuando sentí el olor a sal y escuché el mar antes de verlo.

La playa estaba iluminada por fogatas y luces improvisadas. Música fuerte. Risas. Gente corriendo descalza sobre la arena.

Era una gran fiesta en la playa.

Jugamos a todo tipo de cosas absurdas cuyo único objetivo parecía ser beber. Hacía mucho que no me emborrachaba así. Se sentía extraño. Liberador. Reír sin pensar demasiado.

A las cuatro de la mañana terminamos en la casa de Alec, arrastrándonos prácticamente hasta las habitaciones.

—Tenemos que dormir aunque sea dos horas —murmuró alguien.

—Malditos lunes —respondí antes de dejarme caer en un colchón.

Al día siguiente la resaca era brutal.

Alec, como siempre, asumió el rol de "papá del grupo" y se ofreció a preparar el desayuno porque era el único que no parecía estar muriendo.

Nadie protestó.

Desayunamos entre quejas, risas y relatos exagerados de la noche anterior. El olor a café fuerte parecía lo único capaz de devolvernos a la vida.

Poco a poco nos fuimos arreglando para ir al instituto.

Cuando salimos, todos nos amontonamos en la camioneta. Algunos incluso iban en la parte trasera porque Alec se negaba a usar su auto si podíamos ir juntos.

Y, aunque era incómodo y probablemente ilegal, tenía sentido.

Éramos un desastre.

Pero éramos un desastre unido.

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