Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Hoy es domingo. Llueve.
La lluvia tiene esa manera cruel de hacer que todo se vuelva más lento, más gris, más honesto. El sonido constante contra el techo me obliga a quedarme conmigo misma, y cuando me quedo conmigo misma inevitablemente llego a él.
Lo extraño tanto que a veces me duele respirar.
Creo que ya es hora de decirlo sin rodeos. De dejar de insinuarlo como si fuera una sombra lejana. Lo que me persigue no es solo lo que pasó en esa fiesta. Mi herida viene de antes. Mucho antes.
Dereck.
Su nombre todavía pesa.
Fue hace tres años. Yo tenía quince. Él dieciocho. Era mi mejor amigo, mi hermano elegido, mi refugio cuando en casa el aire se volvía pesado. Con él no necesitaba fingir nada. Podía ser rara, callada, intensa. Él se reía y decía que teníamos alma de viejos atrapados en cuerpos jóvenes.
Pasábamos tardes enteras en su cuarto, jugando videojuegos, comiendo cualquier cosa que encontráramos en la cocina y hablando de todo lo que algún día haríamos. Soñábamos en grande desde la comodidad de no movernos nunca.
Hasta que un día lo hicimos.
—¿Y si juntamos dinero y nos vamos de viaje en vacaciones?
La idea nació como nacen todas las locuras: entre risas. Pero se quedó. Se hizo seria.
Fue una idea pequeña al principio. No hablábamos de cruzar fronteras ni de subirnos a un avión como si el mundo nos perteneciera. Hablábamos de algo más simple, más posible: irnos a otra provincia, a un lugar donde hubiera montañas, río y rápidos. Algo que quedara lo suficientemente lejos de nuestra ciudad como para sentir que estábamos escapando, pero no tan lejos como para que nuestros padres se negaran rotundamente.
Para nosotros, salir del mapa habitual ya era una revolución.
—No necesitamos irnos del país —dijo Dereck una tarde, tirado boca arriba en su cama—. Con salir de esta ciudad ya estamos cumpliendo un sueño.
Y tenía razón.
Yo tenía quince. Él dieciocho recién cumplidos. Legalmente podía viajar sin problema; yo necesitaba permiso firmado, mil advertencias y promesas de responsabilidad. El plan se volvió más serio cuando empezamos a averiguar paquetes turísticos dentro del país: transporte en autobús, hospedaje sencillo, actividades guiadas.
Los rápidos estaban en una zona conocida por sus ríos de deshielo. No era algo clandestino ni improvisado; era una actividad turística con instructores, chalecos salvavidas y fotos incluidas al final. Eso fue lo que terminó de convencer a mis padres: no íbamos solos al medio de la nada, íbamos con un grupo.
El viaje sería en autobús nocturno. Diez horas atravesando rutas que ninguno de los dos había visto jamás.
Recuerdo el día en que compramos los pasajes. Sostener esos boletos de papel se sintió como tener el futuro en las manos.