28. Tuve que hacerlo

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Patrick

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Patrick

Estaba en la cocina, tranquilo, con el desayuno casi intacto frente a mí. Por un instante pensé en sorprender a Grecia, ir a su casa sin avisar, tal vez para verla, para sentir que todo estaba bien entre nosotros. Una idea simple, inocente... o eso creía.

Mientras guardaba mi chaqueta, mis llaves y la mochila para salir, mi madre me detuvo con un comentario casual que hizo que mi sangre se helara: Alexandra estaba afuera de la casa, esperándome.

Esperándome.

El aire se me volvió denso. No podía entender qué hacía aquí. No tenía nada que ver con ella, nunca más quería tener nada que ver. Mi mente repasó cada recuerdo: su cinismo, sus manipulaciones, lo que le hizo a Grecia... cada maldito detalle me daba ganas de romper algo. Salí, apretando los dientes, decidido a hacerla irse de una vez por todas, a limpiar mi vida de su presencia tóxica antes de que arruinara mi día.

—¿Qué quieres? —mi voz salió cortante, dura, más de lo que quería, pero no podía ocultar mi desdén.

Ella soltó un suspiro fingido y se recargó en el marco de la puerta, como si mi enojo fuera un juego que la entretenía.

—Uhh, qué humor, ¿así recibes a un viejo amor?

—Así recibo a un estorbo. ¿Qué quieres? —fruncí el ceño, mis manos temblando apenas, contenido de ira y ansiedad.

Sus ojos brillaron con algo que no era nostalgia. Era guerra.

—No voy a hacer esto largo... —empezó, y algo en su tono me hizo retroceder un paso—. Pero escucha bien, Patrick. Si tocas a Grecia, si intentas siquiera acercarte a ella... te arrepentirás.

Creí que se refería a sus manipulaciones habituales, humillaciones, sus juegos crueles en la escuela. Pero luego sus ojos se estrecharon y su sonrisa se volvió más fría, calculadora.

—Tú... tú sabes todo lo que he hecho con ella, ¿verdad? —mi voz salió temblorosa, no podía creer lo que estaba a punto de escuchar.

—Oh, Patrick... —rió, pero sin diversión, con esa satisfacción maliciosa que me erizó la piel—. Sabes que siempre la he puesto en su lugar, humillándola, controlándola... pero nunca imaginaste la magnitud, ¿verdad? —hizo una pausa, y cada palabra que seguía me quemaba los oídos—. La hice sufrir más de lo que tú puedas imaginar. La obligué... y nadie, nadie va a saberlo si yo no lo digo.

El mundo se me detuvo. Mis manos temblaban sobre la puerta. Sentí un vacío profundo, como si mi pecho fuera arrancado por dentro. Mis pensamientos se entrecortaban. Grecia... mi Grecia... ¿cómo había dejado que esto pasara sin que yo lo supiera?

—¡¿Qué hiciste?! —grité, y mi voz rebotó contra las paredes—. ¡¿Cómo pudiste?!

—Lo que te digo... lo sabes —respondió, acercándose un paso, segura de sí misma—. Y sabes que si no haces lo que te digo, puedo hacer que los demás se enteren, o peor aún... puedo conseguir que algo le pase de nuevo. Conozco gente, Patrick. Sé lo que son capaces, y créeme, yo también.

Sentí que la sangre me hervía. Cada fibra de mi cuerpo gritaba venganza. Quería arrancarle la cabeza, aplastarla, y al mismo tiempo proteger a Grecia con todo lo que tenía, aunque eso significara sacrificar mi propia felicidad.

—No... no puedes... —dije, con la garganta seca y los puños apretados—. No la toques más, no vuelvas a acercarte a ella... —pero ella sonrió con superioridad, sabiendo que me había atrapado.

—Claro que puedo —susurró, inclinándose hacia mí—. Pero tú sabes lo que está en juego. Tú más que nadie conoces de lo que soy capaz... y si no te apartas de Grecia, todo lo que ella ama, todo lo que la hace feliz... puede desaparecer.

Quise gritar, golpear, negarlo, pero no podía. No podía arriesgarme. No podía permitir que mi amor sufriera más. Mis manos se soltaron del marco de la puerta y caí contra la pared, la mente en caos. Ella se marchó, dejándome con un peso que me quemaba el pecho, con un rugido interno que no podía soltar, con la culpa y la rabia mezcladas hasta que no podía respirar.

Supe, en ese instante, que no era solo un conflicto de orgullo o de celos. Alexandra había cruzado todos los límites posibles. Y yo... yo tendría que hacer lo que jamás pensé: alejarme de Grecia, mantenerme invisible para protegerla, aunque cada fibra de mi ser gritara que no lo hiciera.

Mientras la veía alejarse por la calle, un solo pensamiento atravesó mi mente con fuerza:

No puedo dejar que le haga daño. No importa lo que cueste, no importa cuánto me duela, no voy a fallarle a ella.

El mundo se había vuelto silencioso, pesado, lleno de amenazas invisibles y de decisiones imposibles. Y yo estaba atrapado en medio, sin salida, sin poder gritar, sin poder protegerla del todo... y aun así, incapaz de dejar de amarla.

Los días sin Grecia se sentían eternos. Cada mañana me despertaba con la esperanza de que todo fuera un mal sueño, de que ella estuviera frente a mí como siempre, sonriendo, despreocupada, y que Alexandra no existiera en su vida. Pero no era así. Cada vez que veía algo que le pertenecía—una bufanda que había dejado, su mochila apoyada en su silla de la cocina—sentía un vacío imposible de llenar. 

Y entonces llegó el día que cambió todo. Alexandra, con su arrogancia y sonrisa calculadora, me obligó a entrar en un juego que yo no quería jugar. Un mensaje suyo me pedía pasar a buscarla. Intenté ignorarlo, negar cualquier posibilidad de caer en su trampa, pero no podía dejar que Grecia corriera riesgo alguno.

Subí al auto, ella a mi lado, y sentí la tensión eléctrica recorrer mi espalda. Cada metro recorrido era un recordatorio de lo que Alexandra representaba: la amenaza que podía romper la vida de Grecia en segundos. Sentí cada respiración, cada golpe de mi corazón, cada pensamiento luchando entre mantener la calma y explotar de furia.

—¿Por qué llegaste tan tarde? —preguntó Alexandra, con su tono venenoso y fingiendo indiferencia.

No respondí. Cada palabra podía ser usada en mi contra, cada movimiento observado. Dentro de mí, el odio crecía y el miedo me paralizaba. No era solo ella frente a mí; eran todos los fantasmas de lo que había hecho a Grecia, todo lo que ocultó, todo lo que yo recién estaba descubriendo.

 No era solo ella frente a mí; eran todos los fantasmas de lo que había hecho a Grecia, todo lo que ocultó, todo lo que yo recién estaba descubriendo

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