Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Estaba por entrar al instituto cuando algo me detuvo en seco.
Al principio pensé que eran simples papeles pegados en la pared, otro anuncio más que nadie lee. Pero entonces vi mi cara.
O algo que pretendía serla.
Me acerqué un poco más y sentí cómo el estómago se me hundía. Era mi rostro, sí. Pero el cuerpo no era el mío. Un fotomontaje grotesco, mal hecho, cruel. Debajo, en letras grandes, decía:
"Porque no solo es una asesina, sino también una golfa."
Por un segundo no escuché nada. Ni las voces alrededor, ni los pasos, ni el ruido habitual de la entrada. Solo un zumbido sordo dentro de mi cabeza.
Arranqué el volante con rabia, arrugándolo entre mis manos como si así pudiera borrar lo que decía. Pero ya lo habían visto. Sabía que lo habían visto.
Las lágrimas me nublaron la vista antes de que pudiera detenerlas. Caminé rápido, casi corriendo, hasta el baño de chicas. Apenas entré en un cubículo, el llanto salió sin permiso.
¿Qué les había hecho?
¿Qué más querían de mí?
Ya no les bastaba con llamarme asesina. Ahora necesitaban ensuciarme de otra forma. Inventar cosas. Despojarme incluso de lo poco que quedaba de dignidad.
Cuando por fin el llanto se volvió silencioso y me limpié el rostro con las mangas del buzo, escuché voces en el baño.
—Dicen que se acuesta con todos y pasa fotos como las de los volantes.
—Yo creo que solo busca atención. Capaz ella misma los hizo.
Sentí que la sangre me hervía.
—Y además es una asesina. Por su culpa el amigo murió. Ni siquiera lo quería. Para mí lo planeó porque—
No terminó la frase.
No recuerdo haber salido del cubículo. Solo sé que, cuando reaccioné, estaba encima de ella. La tomé del cabello y le golpeé el rostro con una fuerza que no sabía que tenía. No veía nada. Solo escuchaba esa palabra repitiéndose en mi cabeza.
Asesina.
Asesina.
Asesina.
Alguien gritó. Después entraron la directora y dos profesores. Me separaron a la fuerza mientras yo aún intentaba soltarme.
Y ahora estoy aquí, en dirección.
Conté lo que había pasado. Lo de los volantes. Lo del baño. Las palabras.
Nadie me creyó.
O peor aún: decidieron que, aunque fuera cierto, la violencia nunca es la respuesta. Como si yo hubiera empezado todo. Como si los papeles en la pared no existieran.
Mi reputación ya estaba hecha. Una que no construí yo, pero que cargaba igual.
Al rato llegó mi madre.
No necesitó hablar en la oficina. Con una sola mirada supe lo que vendría.
Cuando entramos en casa, el silencio duró apenas unos segundos.
El golpe fue tan fuerte que me ardió toda la cara. No fue una bofetada. Fue un puñetazo.
—No puedo creer que tenga una hija tan... como tú. Maldigo el día que te tuve.
Antes de irse me dio otra bofetada que me dejó aturdida.
Nunca me había golpeado así.
No me preguntó qué había pasado. No quiso escuchar. No le importó que esa no fuera yo en esas fotos. No le importó que me estuvieran destrozando poco a poco en ese lugar al que ella me obligaba a ir cada mañana.
Intentar hablar con mi madre es como hablar con una pared. Solo que la pared no devuelve los golpes.
A veces pienso que a ella le convenía que me fuera a lo de Dereck en verano. Así no la molestaba. Así no era, como suele decirme, "un tumor".
Sí, es un amor de madre.
Anoche escribí algo. No sabía que hoy iba a necesitar releerlo.
Lo titulé "Cómo acabar con todo".
Seguir viviendo suena tan fácil, ¿no? Respirar. Caminar. Sonreír cuando toca.
Es sencillo para quienes no saben lo que es sentirse vacía incluso estando rodeada de gente. Para quienes no conocen esa tristeza que no grita, pero pesa. Esa que te acompaña a dormir y despierta contigo.
Hay días en los que no sé qué hacer con todo esto. Si seguir adelante como si nada, o rendirme en silencio. A veces los pensamientos son oscuros, insistentes. A veces me asustan incluso a mí.
Pero lo que más miedo me da no es morir.
Es que nadie note la diferencia.
Y entonces recuerdo la carta. Las pulseras. Las cinco de la tarde. La promesa de no dejar de reír.
Y me doy cuenta de algo terrible y hermoso al mismo tiempo:
No quiero morirme.
Quiero que deje de doler.
Y aunque ahora mismo no sé cómo lograrlo... sigo aquí.
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