25. Felicidad

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Hasta ahora todo iba excelente

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Hasta ahora todo iba excelente.

El lunes, cuando finalmente llegamos al instituto después de aquella noche en la playa, estábamos en un estado lamentable. Ojeras marcadas, pasos lentos, cabezas que pesaban el doble de lo normal. Apenas cruzamos la entrada nos miramos entre todos con la misma pregunta silenciosa: ¿qué hacemos aquí?

Intentamos entrar a la primera clase. Duramos exactamente quince minutos.

Luke apoyó la cabeza sobre el pupitre. Tristan bostezó sin disimulo. Yo luchaba por mantener los ojos abiertos, pero las letras en el pizarrón se movían como si flotaran.

A la media hora ya estábamos afuera.

Nos instalamos en el patio, debajo de un árbol grande que daba algo de sombra. No sé en qué momento decidimos que era buena idea venir si terminaríamos durmiendo en el césped, pero ahí estábamos: seis adolescentes derrotados por el alcohol y el sueño, usando mochilas como almohadas.

El viento suave movía las hojas por encima de nosotros y, por primera vez en días, mi mente estaba en silencio.

Habían pasado algunos días desde entonces y todo seguía marchando bien. Demasiado bien, a veces me daba miedo decirlo en voz alta.

Patrick era atento de una forma que no pesaba. No invadía. No exigía. Me hacía reír cuando me quedaba demasiado tiempo callada, me tomaba de la mano sin necesidad de palabras y, sin darse cuenta, lograba que los recuerdos feos se volvieran menos ruidosos.

Y los chicos...

Si alguien me hubiera dicho meses atrás que terminaría sintiéndome parte de algo así, no lo habría creído. Al principio dudé de ellos. Los miraba desde lejos, desconfiada. Pero ahora sabía que, sin ese grupo, me habría perdido por completo.

Me llevaban a todos lados. A todos sus partidos. A cada entrenamiento importante. Me gritaban desde la cancha cuando hacían un gol, señalándome como si yo fuera su amuleto de la suerte. Me trataban como a una hermana menor que había que consentir, proteger y, según ellos, educar en "los estándares correctos de diversión".

A veces eran exageradamente sobreprotectores. Cuando me quedaba en casa de Patrick, al día siguiente me interrogaban peor que mi madre.

—¿Durmieron bien?

—¿Patrick se portó?

—¿Te trató como reina o tengo que hablar con él?

Y yo fingía molestia, pero por dentro me enternecía.

Porque nadie había hecho eso por mí antes.

Creo que todos necesitamos a alguien que nos haga inmensamente felices. Amigos que celebren tus logros como si fueran propios. Personas que te sostengan cuando la vida decide arrebatarte algo que creías imposible de perder.

Yo tuve la desgracia de perder a mi hermano.

Mi único y verdadero hermano.

Dereck.

Y, aun así, la vida me dio algo después. Me dio amor. Me dio amigos. Me dio un nuevo lugar donde sentirme segura.

Ayer fui a ver a Charlie, porque el viernes no pude y no quería romper la costumbre. Se alegró tanto al verme que por un segundo pensé que yo era la visita más importante de su semana.

Su radio iba mejor que nunca. Tenía más oyentes, más llamadas, más entusiasmo en la voz. Mientras hablábamos, me contó que hacía unos meses había conocido a una mujer del extranjero. Al principio solo intercambiaban mensajes, luego llamadas. Se había convertido en una amistad inesperada.

Pero en sus ojos había algo más que amistad.

Cuando alguien tocó el timbre y la puerta se abrió, la vi.

Era realmente hermosa. No solo físicamente; tenía una presencia cálida, una sonrisa tranquila. Nos presentamos y en pocos minutos supe que era una buena persona.

Pero lo que más me enterneció fue la forma en que se miraban.

Había nervios. Había ilusión. Había esa chispa que no se puede fingir.

Me quedé un rato más, observando cómo Charlie parecía más liviano cuando ella estaba cerca. Más vivo.

Antes de irme, él me pidió que saliéramos un momento.

Nos quedamos en la vereda, con el atardecer cayendo lento.

—Grecia... necesito un consejo —dijo, algo inseguro.

Lo miré con atención.

—Ella me propuso que me vaya a vivir con ella. A su país. Quiere que empecemos algo de verdad.

Sentí una mezcla de alegría y miedo por él.

—¿Y qué sientes?

Tardó en responder.

—Siento que quiero intentarlo. Pero... —miró la casa detrás de nosotros— en esta casa hay demasiados recuerdos. Aquí creció Dereck. Aquí aprendió a caminar, aquí rompió su primer jarrón, aquí celebramos sus cumpleaños... Irme es como... dejarlo atrás.

Sus palabras me atravesaron.

Porque entendía ese miedo.

"No quiero olvidarlo", dijo finalmente, con la voz apenas firme.

Mi corazón dio un vuelco.

Me acerqué un poco más.

—No lo harás —le respondí con suavidad—. Irte no es olvidarlo. Vivir no es traicionarlo. Él no está en las paredes, Charlie. Está en ti. En lo que dices. En cómo sonríes. En la radio que construiste porque él te animó siempre. Quédate con los recuerdos más felices... y llévalos contigo.

Me miró en silencio. Los ojos húmedos.

Asintió.

—Antes de irme pasaré por tu casa —dijo—. Tengo que despedirme de mi segunda hija como corresponde.

Tragué saliva.

Porque eso era lo que yo era para él.

Y él para mí.

Un padre prestado por la vida.

Lo abracé con fuerza, sabiendo que, si se iba, lo extrañaría más de lo que estaba preparada para admitir.

Pero también sabiendo que amar a alguien significa dejarlo vivir.

Pero también sabiendo que amar a alguien significa dejarlo vivir

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