4. Aburrido

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Día aburrido

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Día aburrido.

Llueve desde la madrugada y el cielo parece decidido a no aclararse. Yo tampoco estoy en mi mejor momento. Tengo un resfriado horrible, la cabeza pesada y demasiada tarea acumulada.

Antes disfrutaba más los días así.

Me sentaba en la cocina con mis hermanos, preparábamos café —aunque yo apenas lo probara— y hablábamos de cualquier cosa. A veces discutíamos por tonterías, pero igual nos reíamos. La lluvia golpeando las ventanas, el vapor saliendo de las tazas, la casa sintiéndose cálida.

Ahora ya no es así.

Ellos tienen su vida. Sus horarios. Sus planes. Y, de alguna forma silenciosa, yo dejé de estar en el centro de todo eso.

La casa sigue siendo la misma, pero el sonido cambió. Ya no hay risas en la cocina, solo el tic tac del reloj y el ruido de la lluvia chocando contra el vidrio.

Y aquí estoy yo, acostada en la cama, rodeada de pañuelos usados, con el celular en la mano, escribiendo en vez de hacer la tarea que debería estar terminando.

Los días grises me inspiran.

No soy la mejor escribiendo —eso ya quedó claro páginas atrás— pero este espacio me deja desahogarme sin interrupciones. Aquí puedo decir lo que no digo en voz alta. Aquí nadie me interrumpe con un "no es para tanto" o un "deja el drama".

En estas notas hablo de mi vida, de amores que no existen y de mis amigas.

No tengo muchas. Solo Aldana y Sol.

A Sol no la nombro demasiado porque nuestra amistad funciona así: podemos pasar semanas sin hablar y, aun así, cuando lo hacemos, parece que no pasó el tiempo. Supongo que eso también es una forma de cariño.

Suspiré y abrí el cuaderno de matemática.

Error.

No sabía si lo que estaba viendo era chino, jeroglíficos o una conspiración personal del universo contra mí. Nunca entendí matemática. Nunca.

Matemática: 10000

Grecia: 0

Después de casi dos horas viendo videos explicativos, pausando, retrocediendo y repitiendo lo mismo veinte veces, logré llegar al resultado correcto.

Sola.

Por primera vez no copié. No me rendí a la mitad.

Estoy orgullosa de mí.

Puede parecer una tontería, pero para alguien que suele sentirse incapaz, resolver un ejercicio sin ayuda es casi un acontecimiento histórico.

Ahora solo me faltan los deberes de Filosofía.

Esa materia sí me gusta. Me hace pensar, aunque a veces piense demasiado.

La consigna es simple: escribir qué es la felicidad. Mínimo una hoja.

Me levanté a preparar un té para la gripe y volví a sentarme con la computadora. La lluvia seguía cayendo con constancia, como si marcara el ritmo de mis pensamientos.

¿Qué es la felicidad?

Es complicado explicarlo. Para algunos, la felicidad es estar en pareja, que la familia esté bien, reír, dormir sin preocupaciones.

Pero todo eso puede ser una fachada.

Uno puede reír y no ser feliz. Puede sonreír y estar completamente roto por dentro.

Para mí, la felicidad va más allá de las apariencias.

Nunca podremos saber con certeza si alguien más es verdaderamente feliz. Solo podemos saberlo de nosotros mismos. Puede sonar egoísta, pero es así.

Para mí, la felicidad es estar en paz.

Es ese momento en el que no hay guerra en tu cabeza. Cuando no te estás criticando por cada error. Cuando simplemente existes y te sientes bien con eso.

Es sentirte completo.

Es esa sensación tan intensa que te dan ganas de llorar o gritar al mismo tiempo. Cuando algo te oprime el pecho, pero no duele. Cuando respiras profundo y, por un instante, todo encaja.

Eso es felicidad.

Y mientras escribo esto, me doy cuenta de algo curioso.

Sé describirla perfectamente.

Solo que hace tiempo no la siento.

Si les está gustando la historia no olviden

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