Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Grecia
Era lunes y no tenía la más mínima intención de ir a clase; como ya había decidido, no prepararía los exámenes en el instituto. Sí, podría pedirme mañana una guía de los temas cuando nos reuniéramos con los profesores para organizar el baile de fin de año, pero la idea de asistir me resultaba insoportable. Me gustaba organizar, sí, pero no quería estar ahí rodeada de gente que me recordara lo sola que podía sentirme. Los chicos seguramente ya tendrían pareja y no deseaba ser un estorbo, un adorno incómodo en su mundo perfecto.
Caminé hacia la cocina y me encontré con mi madre ocupada preparando galletas. El olor a chocolate recién horneado flotaba en el aire, cálido y dulce, y por un instante me sentí segura, como si nada más importara.
—¿Puedo ayudarte? —pregunté, acercándome a la mesa con cuidado.
—Claro, ven aquí —dijo sonriendo—. Es más divertido con compañía.
Nunca imaginé que mezclar harina, chocolate y mantequilla pudiera ser tan reconfortante. Cada movimiento de nuestras manos entre risas y bromas hacía que el tiempo se diluyera; el mundo parecía reducirse a ese pequeño rincón de la cocina, a nosotras dos. Entre risas y charlas sobre trivialidades, decidí aprovechar la intimidad para preguntarle algo que llevaba demasiado tiempo rondando en mi cabeza.
—¿Por qué no podíamos estar así antes? —dije, midiendo cada palabra mientras amasaba la masa con cuidado—. Ahora la estamos pasando tan bien... ¿por qué antes no era así?
Hubo un silencio. Supe que estaba cavando profundo en recuerdos dolorosos, y sus ojos se nublaron un instante antes de responder:
—Sé que no he sido la mejor madre, y lo siento... No sabes lo mal que me sentía cuando te gritaba, cuando incluso te llegué a golpear. Después de que tus hermanos se marcharon, sentí como si una parte de mí hubiera muerto. Se llevaron consigo un pedazo inmenso de mi vida, y yo me encerré en un muro de odio y culpa. No sabía cómo manejarlo, así que lo descargaba contigo... aunque nunca mereciste nada de eso.
Mi corazón se encogió al escucharla. Lentamente, me acerqué y la abracé con fuerza, como si de esa manera pudiera reconstruir años de distancia y dolor.
—No fue tu culpa —susurré—. Tan solo se fueron de la manera equivocada, nada más.
El abrazo nos unió, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que ella estaba realmente ahí. Sentí su calor, su respiración, su arrepentimiento y, sobre todo, su amor contenido.
El sonido del timbre me sobresaltó. Mi madre se adelantó hacia la puerta, y cuando me asomé, lo vi: Patrick. Mi corazón dio un vuelco. Sin pensar, me giré para marcharme, pero él me tomó la mano con suavidad, deteniéndome.
—Deberían hablar —dijo mi madre, con una leve sonrisa—. Los dejo solos.
Ella se retiró, dejándonos a solas, y de inmediato sentí cómo el aire entre nosotros se cargaba de electricidad, de palabras no dichas, de tensiones que habían quedado suspendidas durante días. Patrick respiró hondo y comenzó a explicarme todo. Cada detalle, cada momento de esos días en los que había actuado distante, frío... todo tenía un sentido ahora. Alexandra estaba involucrada, sí, pero más que eso, él había intentado protegerme, incluso a costa de su propio corazón.
Sentí una mezcla de alivio y ternura que me hizo acercarme a él. Sin decir palabra, lo besé, buscando callar todas las preguntas y temores que todavía se agolpaban en mi mente.
—Me alegra que hayas venido —susurré, sosteniéndolo mientras nuestras miradas se entrelazaban.
—No sabes cuánto te extrañé —respondió, con la voz quebrada, antes de fundirnos nuevamente en otro beso.
Cuando nos separamos, nuestras sonrisas eran cómplices, llenas de una emoción que ningún lenguaje podría describir. Observé sus ojos miel, su cabello alborotado, y comprendí que cada detalle de él me había vuelto una boba enamorada.
No tardó mucho en llegar mi madre de nuevo, cruzando los brazos con una expresión que mezclaba curiosidad y autoridad maternal.
—Patrick, debemos hablar —dijo, y él soltó una risita nerviosa que me hizo reír silenciosamente. Lo vi ponerse incómodo, temblando levemente, mientras lo guiaba hacia la sala.
Desde fuera, escuchaba cada palabra, cada duda, cada pregunta vergonzosa de mi madre, y no pude evitar sonreír ante la imagen de Patrick, el chico seguro de sí mismo, titubeando, tartamudeando frente a Olivia. Me hizo sentir ternura y un poco de diversión, y me recordó lo frágiles que pueden ser los momentos de honestidad.
Cuando regresaron, el ambiente entre nosotros se relajó. Nos sentamos en mi cuarto, dejando que la calma reemplazara el miedo y la tensión de las horas anteriores.
—Pensaba que me ibas a matar —dijo Patrick, con una mezcla de alivio y risa.
—Solo un poco —respondí, intentando suavizar la intensidad de la situación.
Luego me miró con seriedad, como quien sabe que lo que va a decir es importante.
—Grecia, debemos hablar de algo muy serio —murmuró.
Asentí, preparándome para escuchar lo que tenía que decir. Mi corazón se aceleró, pero esta vez no había miedo, sino una mezcla de esperanza y amor, de confianza renovada. Sabía que, pase lo que pase, juntos podríamos enfrentar cualquier tormenta.
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