Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Al día siguiente me desperté más temprano de lo habitual. La casa estaba en silencio; mamá ya se había ido a trabajar. Me preparé un café y unas tostadas que apenas probé. El sabor me resultaba indiferente últimamente, como si todo tuviera la misma textura gris.
Me quedé un rato jugando al Tetris en el celular, intentando no pensar demasiado. A las 14:30 salí de casa rumbo a lo de Charlie. Nunca le gustó que lo llamara "señor Thompson". Siempre decía:
—Llámame Charlie, Grecia. Hace mucho que nos conocemos, dejemos las formalidades.
Y tenía razón. Después de todo lo que habíamos compartido —o perdido—, las formalidades sonaban absurdas.
Su casa quedaba a quince minutos, pero decidí ir por el camino largo. Necesitaba caminar, ordenar el ruido de mi cabeza. El trayecto más extenso era también el más tranquilo: menos autos, menos gente, más árboles. Me daba la ilusión de que el mundo era un poco más amable de lo que yo lo sentía.
Llegué a las 15:10. Toqué el timbre y esperé.
—Grecia... creí que no vendrías. Pasa.
Su voz tenía algo contenido, como si aún midiera el peso de cada palabra cuando hablaba conmigo.
Entré. La casa olía igual que siempre: a madera, a té recién hecho, a recuerdos que no se movieron de lugar. Me ofreció asiento mientras iba a la cocina. Volvió unos minutos después con té y galletitas.
Las mismas de siempre.
Durante un segundo no estuve en esa sala sino años atrás, sentada con Dereck a las cinco en punto, triturando las galletas en la boca y mostrándonos el desastre como si fuera el mayor logro del día. Éramos un caos. Un caos feliz.
Sin darme cuenta estaba sonriendo.
—Las solían comer todos los días a las cinco —dijo Charlie con una pequeña risa—. Eran adolescentes con alma de niños revoltosos.
Asentí. Me dolía y me reconfortaba al mismo tiempo saber que él también guardaba esos detalles.
—¿Y bien? ¿Cómo va el instituto?
—Bien —mentí con suavidad—. Los profesores son agradables. Matemática sigue siendo un problema, pero nada grave.
No quise preocuparlo. No quería que nadie más cargara con mis pequeñas guerras.
—¿Y la radio? —pregunté—. Hace unos años estaba por inaugurar su sección de noticias.
Su mirada se apagó un poco.
—La hice... pero después ya sabes. Entre lo de mi esposa y... —hizo una pausa breve— y lo de Dereck, no tuve fuerzas para continuar.
—Entiendo que sea duro —respondí—. Pero era uno de sus sueños. A él le habría gustado verlo hacerlo.