Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Iría a comprar el micrófono de inmediato. Si lo dejaba para otro día, corría el riesgo de olvidarlo, y no quería fallarle a Charlie en algo tan simple.
Caminé hasta el centro agradeciendo que el clima estuviera fresco. El aire suave me despejaba la cabeza y evitaba que el trayecto se volviera pesado. El centro estaba lleno de movimiento: gente saliendo de oficinas, parejas caminando despacio, adolescentes riendo demasiado fuerte.
Entré a la tienda de audio y el olor a plástico nuevo y metal me envolvió. Observé con atención los distintos modelos hasta que encontré uno profesional en descuento. No dudé demasiado. Si algo estaba en oferta y además era bueno, era casi una señal divina.
Salí satisfecha con la pequeña bolsa en la mano, pero apenas crucé la puerta choqué contra alguien.
—Lo siento —dije de inmediato.
—Disculpa —respondió un hombre de traje, acomodándose el saco—. ¿Sabrías dónde se encuentra el Instituto Pasadena?
Me sorprendió la pregunta.
—Claro —respondí—. Está a unas cuadras hacia el norte, luego doblas a la derecha en la avenida principal...
Mientras le explicaba el camino, me pregunté quién querría ir allí sin saber dónde quedaba. Aunque lo que me había pasado dentro de esas paredes aún me pesaba, no podía negar que era uno de los institutos con más prestigio del país. Mucho nombre. Mucha reputación.
—La administración atiende por la mañana —añadí—. Aunque si eres alguien importante, puedes ir cuando quieras. Te atenderán al segundo.
Él sonrió con una expresión que parecía sincera.
—Muchísimas gracias. Se nota que eres una buena chica.
Me encogí de hombros.
—Eso intento.
Sacó una tarjeta del bolsillo interno de su saco y me la ofreció.
—Estoy buscando a alguien que me ayude con mis negocios. Si te interesa, pasa por mi empresa. El trabajo es tuyo.
Tomé la tarjeta sin comprometerme.
—Lo pensaré.
Lo vi alejarse y recién entonces bajé la mirada hacia el nombre impreso. Diego Herrera. Director general.
No soy ingenua. Hoy en día la gente peligrosa no parece peligrosa. Pero algo en él no me dio mala espina. Aun así, investigaría.
Al llegar a casa busqué el nombre de la empresa. Existía. Y no solo eso: era reconocida. Diego aparecía en entrevistas, eventos, notas empresariales.
Tal vez, pensé, si nunca arriesgo, nunca voy a ganar.
Un mes después, trabajaba junto a Diego como su asistente. Confirmé que la empresa era real, que él era quien decía ser, y que el puesto no tenía nada turbio detrás. Me pagaban mucho más de lo que esperaba, casi como si fuera su mano derecha.