Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Estaba acostada en mi cama, con la espalda apoyada contra el respaldo y las piernas estiradas. Patrick tenía la cabeza sobre mis muslos. Mi mano se movía despacio entre su cabello, dibujando líneas invisibles que normalmente lo hacían cerrar los ojos y sonreír.
Pero esa tarde no.
Desde que había llegado no había dicho prácticamente nada.
Ni un comentario sarcástico.
Ni una anécdota del entrenamiento.
Ni una queja exagerada sobre algún profesor.
Silencio.
Y el silencio en Patrick era antinatural.
Lo observé desde arriba. Tenía la mirada fija en el techo, como si estuviera contando las grietas de la pintura. Su mandíbula estaba apenas tensa. Sus manos apoyadas sobre su estómago, inmóviles.
Antes de preguntarle directamente, antes de lanzarme a interrogarlo, había hablado con los chicos.
—Un poco —admitió Luke—. Pero cuando le preguntamos dice que está todo bien.
—Disimula —añadió Tristan—. Pero sí... está distinto.
Esa confirmación me inquietó más de lo que quería admitir.
Ahora, con su peso tibio sobre mis piernas, volví a acariciarle el cabello y me incliné un poco.
—¿Estás bien?
Giró la cabeza para mirarme. Me regaló una sonrisa torcida. Forzada.
—Sí.
Una sola palabra.
Corta.
Cerrada.
Mi pecho se apretó.
Siempre he tenido ese presentimiento extraño cuando alguien me miente. No es algo concreto. Es una sensación. Un ruido leve en la cabeza que dice: algo no encaja.
Y casi siempre tengo razón.
Pero no quería sofocarlo. No quería convertirme en una presión más. Si había algo, quería que me lo contara porque confiaba en mí, no porque lo arrinconaba.
Así que, en lugar de insistir, bajé la mirada y lo abracé desde arriba, apoyando mi mejilla en su cabello.