Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Tan solo decidí bajarme.
El descenso fue distinto al ascenso. Cuando subí, cada escalón era una huida desesperada; ahora, cada peldaño parecía una despedida lenta. Las escaleras se me hicieron eternas, como si la torre no quisiera soltarme todavía. El metal crujía bajo mis pies y el eco de mis pasos retumbaba en el interior vacío. Me aferré al pasamanos con fuerza, no porque fuera a caer, sino porque todavía sentía las piernas débiles, como si el cuerpo no hubiera terminado de comprender lo que había estado a punto de hacer.
Cuando por fin toqué el suelo firme, respiré hondo. El aire frío de la noche entró en mis pulmones y me hizo arder el pecho, pero era un ardor distinto al de antes. Era real. Era vida.
Comencé a caminar de regreso hacia la casa de mi tío. A mitad de camino levanté la vista. El cielo estaba despejado en algunas zonas, y entre las nubes se asomaban estrellas tímidas. A lo lejos, las luces de la ciudad parpadeaban como si alguien hubiese derramado oro líquido en el horizonte.
Era bellísimo.
Me detuve un segundo.
No había visto nada de eso cuando corrí hacia la torre con la intención de desaparecer. Entonces todo era negro, compacto, sin forma. Ahora, en cambio, los colores parecían más nítidos, el aire más profundo, el mundo más amplio. Me di cuenta de algo que me hizo tragar saliva: había estado a punto de irme sin volver a mirar el cielo una vez más.
Seguí caminando.
Cuando llegué al patio, la música ya estaba más baja, pero las conversaciones seguían. Apenas crucé la entrada, comenzaron las preguntas.
—¿Dónde estabas?
—¿Por qué te fuiste así?
—¿Estás bien?
—Grecia, respóndeme.
Las voces me rodeaban, se superponían. No era preocupación limpia. Era curiosidad, era juicio disfrazado.
Mi prima se acercó. Mi tía también.
—Nosotras solo estábamos...
No las dejé terminar.
Algo se quebró dentro de mí.
—¡Cállense! —grité, con la voz ronca, temblando—. Son unas brujas. No deseo sino lo peor para ustedes.
El silencio fue inmediato.
Las miradas se clavaron en mí como agujas. Algunos abrieron la boca. Otros se llevaron la mano al pecho, escandalizados. Mi madre murmuró mi nombre en tono de advertencia, pero ya era tarde.
Yo no estaba orgullosa.
Estaba rota.
Sin decir nada más, saqué el celular con manos que todavía me temblaban y pedí un taxi. Mientras esperaba, nadie se acercó de nuevo. El círculo invisible a mi alrededor era evidente.