Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Y
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Ya pasó una semana desde la última vez que escribí.
No ocurrió nada interesante. O al menos nada que merezca fuegos artificiales. Solo tuve otra recaída. Últimamente se están volviendo costumbre.
Los días se me mezclan. Me levanto, voy al instituto, vuelvo, como lo que haya en la mesa sin realmente saborearlo y me encierro en mi habitación. A veces ni siquiera prendo la luz. Me quedo acostada mirando el techo, como si en alguna de esas grietas pudiera encontrar una respuesta distinta.
Le conté a Aldana.
Me dijo —otra vez— que debería ir a un psicólogo. Que el peso del pasado me está consumiendo poco a poco y que eso no es normal. Que no tengo por qué cargar sola con todo.
Aldana no sabe lo que pasó realmente. Siempre intenta que se lo cuente. Me dice que va a entender, que no me va a juzgar.
Pero no estoy preparada.
Estoy casi segura de que, si lo supiera, al principio me abrazaría. Luego se quedaría en silencio. Y con el tiempo... se iría.
Yo sé que dejarse estar está mal. Lo sé en teoría. Pero ¿cómo haces cuando estás en guerra contigo misma?
Es extraño. Tu cerebro te grita: "Te estás destruyendo, idiota".
Y al mismo tiempo, esa otra parte —más oscura, más cómoda— susurra: "No es para tanto. Es normal. Mañana se te pasa".
Vivir así cansa.
Mi antigua yo me daría una bofetada por pensar de esta manera. Pero ahora mismo no puedo evitarlo. Me odio. Odio cómo pienso. Odio cómo reacciono. Odio que todo me afecte el triple.
A veces incluso odio mi reflejo.
Hablando de eso... nunca me describí.
No soy buena haciéndolo. Siempre encuentro primero lo que no me gusta. Así que lo haré como lo hizo Aldana una vez.
Ese día yo estaba hecha un desastre. Sentada en el suelo de su habitación, llorando sin elegancia. Ella me miró fijo y me dijo:
—Deja de hablar así de ti. Eres totalmente hermosa, escúchame.
Y empezó a enumerar.
Que soy de estatura normal. Ni muy baja ni muy alta. Normal.
Que mi cabello pelirrojo es precioso y que me queda mejor de lo que creo.
Que tengo buen cuerpo.
Que mi cara es linda.
Que mis ojos claros brillan cuando hablo de algo que me gusta.
Dijo que frunzo el ceño cuando no entiendo algo y que eso la hace reír. Que no soy perfecta —porque nadie lo es—, pero que con mis manías de niña pequeña y mis cambios de humor sigo siendo "perfectamente imperfecta".
Así me describió.
Yo no veo todo eso cuando me miro al espejo del baño en casa. Lo único que veo es cansancio.
Mi madre, en cambio, sí ve cosas.
Ve el desorden en mi habitación aunque solo haya un libro fuera de lugar. Ve mi cara seria y la llama mala actitud. Ve mis silencios y los traduce como rebeldía.
—¿Otra vez con esa cara? —me dijo ayer mientras cenábamos—. No sé qué problema tienes si aquí no te falta nada.
Aquí no te falta nada.
Esa frase me persigue.
La casa es grande, limpia, ordenada. Mi madre se asegura de que todo luzca impecable. Los pisos brillan. Los cuadros están alineados. Las cortinas combinan con los sillones.
Todo está en su lugar.
Menos yo.
Cuando me levanto tarde, suspira. Cuando me encierro en mi cuarto, golpea la puerta más fuerte de lo necesario. Cuando saco una nota que no es perfecta, pregunta qué estoy haciendo con mi tiempo.
No grita siempre.
A veces es peor: habla en voz baja.
—De verdad no entiendo en qué momento empezaste a ser así.
Como si yo tampoco me lo preguntara todos los días.
Aldana dice que soy fuerte. Que he aguantado demasiado. Que sin su ayuda no sabe qué habría sido de mí.
La verdad es que yo tampoco lo sé.
Pero cuando estoy en mi casa, sentada a la mesa con mi madre al frente y el ruido de los cubiertos llenando el silencio, me pregunto si realmente soy fuerte... o si solo estoy sobreviviendo.