Grecia parecía una adolescente común, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Entre agresiones que la marcan, secretos que la persiguen y el frío distante de su propia familia, su último año de instituto se convierte en un torbellino de emo...
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Los días pasaron con una lentitud insoportable.
Cada mañana parecía más larga que la anterior, cada clase más pesada, cada minuto más consciente de que el sábado se acercaba. Intentaba actuar normal, pero por dentro estaba en una cuenta regresiva constante.
La cita.
Mi primera cita real con Patrick.
En un principio sabía a dónde iríamos. Me lo había insinuado con esa sonrisa misteriosa que usa cuando cree que está siendo discreto —aunque nunca lo es del todo—. Pero en los últimos días mencionó que tenía algo "mejor" en mente. Eso me dejó completamente a ciegas.
Y eso me ponía nerviosa.
No quería verme demasiado arreglada, como si hubiera pasado horas intentándolo. Pero tampoco quería verme simple. Así que elegí algo cómodo, un vestido ligero con una chaqueta fina y zapatillas. Natural. O al menos eso intentaba convencerme frente al espejo.
Estaba cerrando mi mochila de mano cuando escuché la bocina.
Mi corazón dio un salto.
—¡Mamá! Voy a volver un poco más tarde —grité desde la puerta.
—Más te vale que no sea tan tarde —respondió desde la cocina.
Salí.
Y ahí estaba.
Apoyado en su auto, con una mano en el bolsillo y esa sonrisa ladeada que parecía permanente en su rostro cuando me veía. No era una sonrisa exagerada, era algo más suave... pero completamente sincero.
Me miró de arriba abajo, sin descaro, sino como si realmente estuviera apreciando lo que veía.
—Wow... te ves bellísima.
No dijo "linda". No dijo "bien". Bellísima.
Sentí el calor subir directo a mis mejillas.
—Gracias... tú también —respondí, intentando sonar relajada, aunque mis manos ya estaban frías por los nervios.
Patrick se acercó y abrió la puerta del auto para mí con una pequeña reverencia exagerada.
—Su carruaje, señorita.
—Qué ridículo eres —murmuré riendo.
—Pero te hago reír.
No supe qué responder a eso.
Cerró la puerta con cuidado, rodeó el auto y se sentó al volante.
—Bien —dijo arrancando—. Espero que te guste. Es uno de mis lugares favoritos... aunque desde hoy puede convertirse en uno nuevo.
—¿Uno nuevo?
—Nuestro lugar —corrigió, mirándome de reojo.
Tuve que mirar por la ventana para que no notara lo mucho que me había afectado esa palabra.