El tercer día de agosto había amanecido frío, con un cielo totalmente cubierto de nubes que pronosticaban lluvia para no dentro de mucho. La noche anterior Atenea había preparado el bolso que llevaría al club, era el mismo bolso Nike que su hermana había llenado con algunas cosas el día que dejó su departamento.
Se cambió como para después de nadar ir a trabajar, por lo tanto, tenía una pollera larga, botas y un tapado que cubría una delicada blusa color marfil. Tomo en un brazo el bolso y en el otro la cartera, eran las 6:30 cuando salió del departamento, empezó a caminar con pasos rápidos para superar los primeros minutos en el intenso frío húmedo. Tenía que caminar diez cuadras hasta el club, como aún el cielo estaba muy oscuro a esa hora de la mañana, decidió ir por la calle que le pareció sería la más concurrida. Cuando iba a mitad de camino, la lluvia comenzó a caer y Atenea maldijo haberse olvidado el paraguas. Al llegar a la esquina el semáforo estaba en rojo, lo cual habría permitido que no se tenga que detener, si no fuera porque algo captó la atención de la rubia antes de cruzar la calle, más precisamente un auto había llamado su atención. El auto de Pablo estaba estacionado aguardando que el semáforo se pusiera en verde para poder atravesar la calle, pero mientras aguardaba una joven acompañante le acariciaba el pelo y conversaban ávidamente dentro del vehículo.
Atenea parecía no comprender la escena, no entendía lo que estaba pasando delante de sus ojos, el semáforo cambio de color, el auto arrancó y lo último que pudo ver fue la calcomanía de una pareja pegada en la parte trasera del Ford Fiesta que Pablo había comprado el año anterior.
En solo instantes el frio pareció detenerse, y la invadió un intenso calor, sentía que la sangre le hervía y no podía contener las lágrimas que caían por su rostro. Aun temblando de la bronca comenzó a dar los primeros pasos, estaba desorientada, sentía que si seguía temblando de esa forma la gente que pasaba cerca de ella se daría cuenta y le preguntarían si le sucedía algo. Comenzó a caminar cada vez más rápido, quería llegar al vestuario del club para poder estar en un lugar donde nadie la pudiera ver. Al fin llego a la entrada del club, ingreso por la puerta principal y al darse cuenta de que lo primero que debía atravesar era el bar, el cual a esa hora ya tenía unas cuantas mesas ocupadas, continuó caminando a paso acelerado y con la cabeza gacha ocultando las lagrimas que aun seguían saliendo y al parecer no tenían intenciones de parar por un largo rato.
Traspasó el bar y giró a la izquierda para ingresar al pasillo que llevaba a la zona de vestuarios, pero justo en el preciso momento en el que gira a toda velocidad choca contra algo duro que hizo que se desestabilice y caiga al piso.
Había caído sentada al piso frio, el pie derecho le había quedado doblado debajo de la pierna izquierda, pero no sentía ningún dolor extraño ni preocupante. Se sentía sofocada, sin aire, pero era consciente que nada tenía que ver con la caída, que ni el más fuerte de los dolores físicos se asemejaría al dolor que sentía después de ver a Pablo y a la "pendeja" con la que ahora salía.
_ ¿Estás bien? _Perdoname, no te vi. Venias muy rápido y...
La pregunta la sacó de su trance, en ese momento comprendió que contra lo que había chocado era una persona y una terrible vergüenza la invadió. Debía estar hecha un desastre, aun sentía las lágrimas en sus ojos y surcando sus mejillas, trato de ocultar la cara bajo el cabello que afortunadamente lo llevaba suelto.
_ Si si, estoy bien_ contestó sin dejarlo terminar de hablar.
_Estas llorando..._
Evidentemente ocultar la cara debajo del cabello no había funcionado, pero enseguida algo mas invadió sus pensamientos, la voz de la persona con la que había chocado le causaba una curiosidad extrañamente incontrolable, así que por más vergüenza que le daba el hecho de estar llorando, levantó la cabeza para hablar y así poder saciar su curiosidad.
_No, no te preocupes. No estoy llorando por la caída. Las palabras salieron rápidas, chocando una con otras, como si no quisiera decirlas, pero a la vez sí. Y lo pudo ver, la voz obtuvo al fin un rostro, sin embargo, una mezcla de sensaciones se apoderó inmediatamente de Atenea. Como había podido imaginar, la de un hombre atractivo, bueno, tal vez muy atractivo, de esos que hacen que se te forme una sonrisa tonta por más de estar pasando por el peor momento, esos que pónganse lo que se pongan les va a quedar bien, así sea un gorro coya como el que llevaba ese... hombre... bueno, tal vez no era un hombre, tal vez solo era un joven... muy joven.
Decepción, ese fue el primer sentimiento, y enseguida llegó la culpa. Culpa por haber fantaseado por apenas milésimas de segundos con un adolescente. Bueno, tal vez no era un adolescente, tal vez solo tenía cara de niño, porque si hay que guiarse sólo por el cuerpo, con su espalda ancha y su metro ochenta y pico, tranquilamente podría ser un "hombre", pero no, su cara tenia la frescura de estar viviendo los mejores años de su vida, con esa mezcla de inocencia y rebeldía que los caracteriza a los jóvenes, con una barba que está haciendo sus primeras apariciones y lo más importante la chomba del colegio que se podía distinguir bajo la campera que aun no estaba cerrada.
Tras unos pocos segundos de silencio, el joven pareció entender lo que estaba pasando, asintió con la cabeza y comenzó a caminar siguiendo la dirección por la que venía, pero al realizar los tres primeros pasos frenó y giró sobre sus talones para mirara a Atenea que aun seguía en el mismo lugar. _Un submarino con dos barras de chocolate.
Atenea totalmente desconcertada lo quedó mirando, y él pudo notar la confusión en la cara de la mujer a quien le estaba hablando.
_Mi abuela dice que un poco de chocolate hace sentir bien a cualquiera. Bajó la mirada y al volverla miró directamente a los ojos claros de Atenea. _A mí un buen submarino siempre me resulta.
La mirada la atravesó como un rayo y la dejo sin poder decir nada, lo único que pudo hacer fue devolverle una tímida sonrisa en agradecimiento antes de que el vuelva a alejarse caminando lentamente. Un joven, o mejor dicho un adolescente la había consolado, y lo peor de todo, que ese consuelo había sido el más efectivo desde que se había separado de Pablo.
¿Pero que le estaba pasando por la cabeza? ¿Cómo podía haber sentido tanta vergüenza ante la mirada de ese chico? Dejó pasar unos segundos que ocupó en acomodarse la ropa y agarrar nuevamente el bolso que se había caído durante el choque.
Comenzó a caminar hacia los vestuarios, sin embargo, se percato que algo quedaba tirado en el piso, justo debajo de donde unos segundos antes se encontraba el bolso. Una billetera de cuero marrón con una guarda pampa de adorno evidentemente era de un hombre. Se agachó y la tomó del piso, pensó dejarla en mesa de entrada al guardia o en oficina de socios, pero una voz interior le decía que posiblemente el dueño de la pertenencia era el joven con el que había chocado unos minutos previos. Debatió unos segundos con su conciencia y finalmente decidió abrir la billetera con el único objetivo de ver quién era el propietario, luego la dejaría en oficina de socios y se terminaría el problema.
Afortunadamente lo primero que encontró al abrir la billetera fue el DNI, lo sacó del bolsillo donde estaba y pudo ver la foto reconociendo de inmediato quien era el propietario. Sus sospechas eran acertadas, un joven con ojos castaños al igual que el color del cabello, la observaba desde la foto, se sorprendió que hasta en la foto del documento haya salido lindo, puesto que nunca nadie sale favorecido en esas fotos. Solo quedaba mirar el nombre y listo, pero sabía que debajo del nombre estaba la fecha de nacimiento y la curiosidad fue más fuerte que ella. FACUNDO LUCIANO ARRIOLA, fecha de nacimiento 05/07/1997.
Mil novecientos noventa y siete... Hizo un cálculo mental que le dio dieciocho años y una sensación de decepción la invadió, ¿pero que esperaba? decía para sus adentros, muchos más que dieciocho no podía tener vistiendo uniforme de colegio. Trató de borrar cualquier otro tipo de pensamiento y se dirigió a donde había decidido dejarla. Para su decepción la oficina no abría hasta las 8:00 de la mañana, por lo tanto, aún faltaban cuarenta y cinco minutos.
Analizó las opciones y decidió posponer su primer día de natación, al fin de cuenta ya había perdido quince minutos. Fue hasta el vestuario de damas, se lavó la cara y se peinó, por último, tomó el porta cosmético y usando lo que estaba adentro se puso un poco de tapa ojeras, delineador y rímel.
Se sentó en el bar del club extrañada que ya estuviera funcionando, pero rápido se dio cuenta que los nadadores arrancaban sus entrenamientos muy temprano, lo que hacía que el club esté abierto y con gente en sus pasillos desde antes de las 6:00 de la mañana. Cuando el mozo, que aparentaba tener unos sesenta años y con pinta de haber trabajado toda su vida en ese lugar, se acercó a la mesa para preguntarle que deseaba pedir, Atenea no dudó y pidió un submarino con dos barras de chocolate...
Mientras lo tomaba, sentía como si estuviera haciendo una travesura, esa sensación ambigua de satisfacción y miedo pero que carga el cuerpo de una adrenalina encantadora. Cuando estaba terminando la taza, miró la billetera y se le ocurrió que adentro podía llegar a haber un número de teléfono o algo que permitiese contactarlo para poder devolvérsela. Posó los dedos unos segundos sobre la billetera de cuero marrón y finalmente tomó coraje. No encontró ningún teléfono al que pueda comunicarse, sin embargo, detectó el carnet de la biblioteca de la escuela, descubriendo que quedaba a dos cuadras del club. Antes de que su conciencia comience a debatir si debía ir o no hasta la escuela, tomó su cartera, pagó la cuenta y comenzó a caminar.
Al llegar a la puerta del colegio, se acomodó el pañuelo que llevaba en el cuello, se paró derecha y tocó el timbre. La atendió una mujer de unos cuarenta años, cabello enrulado y mirada somnolienta.
_ ¿En qué puedo ayudarla?
_ Busco a Facundo Arriola, encontré su billetera y quisiera devolvérsela.
_ Acompáñeme.
Caminaron por dos pasillos hasta llegar a un aula en cuya puerta colgaba un cartel con la leyenda: "Sala de Informática". Cuando la señora que la llevó hasta allí abrió la puerta, el corazón de Atenea parecía querer salirse de su lugar, sentía que la cara le hervía y tenía miedo que no le salgan las palabras cuando lo tuviera en frente.
A los pocos segundos se abre nuevamente la puerta y sale la mujer de mirada somnolienta.
_Dice que en cinco minutos sale, está en un examen. Podes esperarlo o si no me dejás la billetera y yo se la doy.
Atenea meditó unos segundos y luego le expresó que prefería hacerlo en persona.
_ Como quiera. Expresó la mujer y comenzó a caminar por el pasillo nuevamente.
Al quedarse sola frente a la puerta la invadió la vergüenza, lo primero que se le ocurrió hacer fue darse vuelta, quedar de espalda a la puerta y comenzar a leer los anuncios que se encontraban en la cartelera. Logró distraerse leyendo el cronograma de actividades planificadas durante el mes. Aparentemente los alumnos de tercer año tenían un viaje a la ciudad de Mendoza programado para dentro de tres días, la semana próxima había una jornada en donde se festejaría el día del niño junto con los alumnos del nivel primario, le seguía una fecha patria con su correspondiente acto y llegando a fin de mes todo el nivel secundario tenía una jornada sobre educación sexual... esto último la hizo sonreír recordando sus días de colegiala, las monjas de su colegio nunca hubiesen permitido algo por el estilo...
Aun colgada en los pensamientos sobre sus años de adolescente, giró nuevamente para dirigir la mirada hacia el salón. Para su sorpresa Facundo la observaba desde el umbral de la puerta con una mirada de no entender mucho lo que sucedía. Nuevamente pudo sentir que le ardían los cachetes, tardó unos segundos en poder hablar.
_ Hola, disculpame por venir... cuando chocamos en el club se te cayó esto. Atenea revolvía su cartera buscando el pequeño objeto de cuero.
_ ¿Estás mejor?
En el mismísimo instante que Facundo realizaba la pregunta ella encontraba con sus dedos la billetera. Levantó la cabeza aun con la mano adentro de la cartera y respondió.
_ Si, decidí postergar mi primera clase, pero sí, estoy mejor...
Una vez que terminó de hablar sacó la billetera.
_ ¿Por qué no nadaste? Seguro te hacía sentir mejor.
_ Preferí sentarme en el bar, alguien me recomendó que tomara un submarino...
Facundo asintió mientras sonreía tímidamente. Atenea comenzó a caminar hacia la salida mientras lanzó un "Hasta luego" mirándolo directamente a los ojos.
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No hay edad
RomanceAtenea, una abogada de 32 años debe comenzar de nuevo su vida luego de un terrible divorcio, lo que no imaginaba es que sea de la mano de un joven de 18 años. Pero... ¿Hasta que punto uno debe guiarse por la pasión? ¿Es posible una relación con esta...
