18. El último regalo.

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A un día de la vuelta a Madrid y un par de días después de ser consciente de que Flavio aún no le había hablado y pues tampoco lo iba a hacer ella. Había hablado del tema con Mario e Inés, dos de sus mejores amigos en el pueblo, ambos le habían repetido que ya habría tiempo para hablar y que tampoco se comiese la cabeza demasiado pues el chico tampoco le debía explicaciones por lo ocurrido.

Y le costó entenderlo, puesto que era mutuo, lo había asimilado y llevaban razón, tampoco se habían jurado amor eterno pero no entendía que hubiese desaparecido de la noche a la mañana y quería hacerlo. 

Le dejó de dar importancia y se dedicó a preparar la maleta y quedar con sus amigos para despedirse. Cuando ya lo había hecho todo se sentó al piano, que ya había llegado y tenía en su habitación recién instalado frente a la ventana de su habitación, justo al empezar a tocar las primeras notas entró por la puerta su madre que se sentó en la cama y dejó el espacio que la pequeña de la casa necesitaba para que continuase tocando.

Pensó que no se iba a atrever a hacerlo, pero sí. Cantó con su madre observándola, con una sonrisa de oreja a oreja, las lágrimas a punto de saltar y con una felicidad y orgullo desprendiendo por los poros. Terminó de cantar y tocar, y como si saliese de un mundo paralelo, miró a su madre quien la miraba sonriendo y ya llorando. Se abrazaron un buen rato, hasta que por la puerta entró su padre. 

—¿Qué ha pasado por aquí?

—Nada, cariño, está todo bien. 

—Mamá que ya sabes que es un poco dramática, como yo o más.

—Sí lo sabemos. 

—Lo que tengo que aguantar—. Se levantó de la cama, se limpió las lágrimas y salió de la habitación con la excusa de tenían que ir a hacer la comida dejando a Samantha sola en su habitación. 

Como si ocurriese de la nada, la bombilla de Samantha se encendió, cerró la puerta de la habitación y empezó a hacer un último regalo de cumpleaños para su familia. 

Pasaron la comida juntos, alargaron la sobremesa más de lo normal y terminó siendo hora de salir de casa hacia la de su amiga Inés donde habían quedado todos para pasar la tarde y noche juntos. 

Un buen resumen de la tarde-noche que pasaron todos juntos sería las risas que se echaron en compañía de quienes de verdad la provocaban con la intención de recuperar el tiempo perdido, incluso sin intención alguna. El reír con sus amigos había sido siempre una constante, no pasaban mucho tiempo sin reírse de cualquier tontería que alguno del grupo soltase. 

Esa noche, tras despedirse, temporalmente, de todos y con la promesa de volver más veces al pueblo, tirada en su cama hizo un repaso a sus vacaciones. 

Dos semanas que habían tenido casi de todo, algún que otro drama, alegría por doquier, risas con sus amigos, viajes, familia y amor y cariño por cualquier parte que mirases. En ese repaso del tiempo que había pasado desde su llegada al pueblo, lloró. Pero lloró de alegría al ver que ya no dolía, que la herida había cicatrizado, no dolía estar en el pueblo, ni pasear por sus calles. 

Le hizo enormemente feliz. 

Había sido unas Navidades totalmente diferentes. Entre todos los acontecimientos surgidos en estas semanas estaba la visita a Tamara a Valencia, fue bastante improvisado pero ambas se alegraron de verse en una cafetería aleatoria cercana a la playa también con la compañía de la madre de Samantha y Débora. Pasaron toda la tarde juntas y durante ese tiempo le vinieron recuerdos con Laura, los supo gestionar en el momento pero no a la hora de esa noche estar tirada en su cama. 

La última noche en su casa había sido bastante emotiva, se despidió de su azotea con un par de cervezas con su hermana y su guitarra. Y la hora de irse a la cama acabó con su hermana tiradas en el sofá del salón hablando de cualquier cosa aleatoria, se alargó más de lo normal, tanto que a las seis de la mañana seguían despiertas, ahora en la alfombra del salón. 

La Liada || FlamanthaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora