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—¿Hora de la muerte? —preguntó Yoongi, con la voz apagada, como si pronunciar esas palabras le desgarrara desde dentro.

—Dos con cuarenta y cinco de la madrugada —respondió la enfermera, su tono profesional apenas lograba disimular la tristeza contenida en sus ojos.

—No hay nada más que hacer… Ocúpese del papeleo, por favor —ordenó Yoongi en un susurro, antes de darse media vuelta y salir de la sala de cuidados paliativos.

Cada paso que daba por el pasillo estéril parecía pesar más que el anterior. Sus zapatos resonaban en el silencio profundo del hospital, pero ni el eco lograba opacar la opresión en su pecho.

Al abrir la puerta que conectaba con la sala de espera, lo vio. Jimin estaba allí, sentado en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y la manta vieja envuelta entre sus brazos como si con eso pudiera protegerse del mundo. Su mirada estaba clavada en ningún sitio, perdida entre el vacío, entre la pena que no encontraba palabras para nombrarse. Sus ojos brillaban, no de vida, sino de lágrimas que luchaban por salir.

—Lo siento —dijo Yoongi, agachándose hasta quedar a su altura. Su voz tembló, rompiendo por fin la fachada profesional que se había esforzado tanto por mantener— No pudimos hacer nada. Ella… acaba de irse.

Jimin no reaccionó. Ni siquiera parpadeó. Era como si lo que acababa de oír no encontrara lugar en su mente, como si su corazón no pudiera aceptar una pérdida más. La señora Choi se había ido. Y con ella, la única presencia humana que le había tendido una mano sin pedir nada a cambio.

Yoongi extendió una mano, con movimientos lentos, y lo ayudó a levantarse con cuidado. El contacto fue casi simbólico, no lo empujó, no lo arrastró, simplemente le ofreció sostén, como quien recoge algo frágil temiendo que se rompa entre los dedos.

Salieron del hospital en silencio. Afuera, la madrugada seguía siendo cruel, el viento les cortaba el rostro, y el cielo parecía una sábana de hielo. Ninguno dijo nada mientras caminaban hasta el auto.

Una vez dentro, el silencio continuó, apenas interrumpido por el zumbido del motor encendido.

—Sé que estás pasando por un momento muy duro —dijo Yoongi finalmente, con la vista fija en las calles vacías que se extendían frente al parabrisas— Sé lo que es perder a alguien, sentirse vacío, impotente. No pienses en nada ahora. Solo… descansa. Ella está en un lugar mejor.

Jimin no dijo nada. Sus ojos seguían a los faroles que pasaban fugazmente, dejando destellos de luz dorada sobre la nieve acumulada. Pero para él, todo estaba apagado. La señora Choi no solo había sido una vecina amable. Había sido su única familia. Su única certeza. Su pérdida era como perderse a sí mismo, como si el poco suelo que quedaba bajo sus pies se desmoronara con ella.

—No te preocupes por el papeleo ni por los gastos del sepelio —añadió Yoongi, en un intento por aliviar al menos una carga— El hospital se hará cargo de todo. Si me das tu número, te avisaré cuando el cuerpo sea trasladado a la funeraria.

—No tengo celular, doctor Min —murmuró Jimin, sin levantar la vista. Su voz era casi un hilo, rota, distante.

Yoongi parpadeó, sorprendido, pero no insistió.

—Oh… está bien. En ese caso, puedo pasar por ti más tarde, cuando todo esté listo. ¿Puedes darme tu dirección?

Jimin tragó saliva, apretando la manta contra su vientre, como si eso pudiera protegerlo de las palabras que venían.

—Doctor Min… —susurró con dificultad.

—No hace falta que me llames así —interrumpió Yoongi con suavidad— Puedes decirme Yoongi.

Rockabye | Yoonmin |Donde viven las historias. Descúbrelo ahora