24 de diciembre de 2006
La casa de los Park resplandecía con una armonía casi irreal. Las luces de colores parpadeaban con ritmo suave en el jardín, marcando el compás de una Navidad que, al menos en apariencia, era perfecta. Bajo el árbol, los regalos envueltos con esmero brillaban con sus moños impecables y papeles metálicos. Todo parecía salido de una postal, todo gritaba perfección… como siempre ocurría en la familia Park.
Pero detrás de esa fachada reluciente, en el rincón más apartado del vivero, el aire de diciembre calaba los huesos y el silencio era espeso. Ahí, entre el aroma a tierra húmeda y fertilizante, Yoongi, un joven castaño de apenas dieciséis años, esperaba en silencio. Vestía un suéter blanco, algo gastado por los inviernos pasados, pero aún cálido, y desde la sombra observaba cómo su padre, el jardinero de la familia Park, trabajaba con dedicación entre las noches buenas.
—No toques nada, hijo —murmuró el hombre, con la voz áspera por el cansancio acumulado— Déjame todo a mí.
—Padre… déjame ayudarte —insistió Yoongi, con suavidad, arremangándose las mangas— Ya son las seis. Mamá preparó bulgogi. Sabes que es tu favorito.
El jardinero esbozó una sonrisa apenas perceptible, cargada de ternura y agotamiento.
—No, no, hijo. Está bien así. Ve a dar una vuelta por el jardín. Te llamaré cuando termine.
Yoongi quiso insistir, pero se contuvo. Conocía bien la terquedad de su padre. Era un hombre de principios, de esos que preferían romperse antes que pedir ayuda. Y como él mismo solía decir, "mucho ayuda el que no estorba". Así que simplemente asintió y se alejó, arrastrando los pies por el sendero de grava.
El jardín no ofrecía gran cosa. Las flores ya no estaban, solo quedaban ramas secas y hojas que el viento había amontonado en los rincones. El aliento de Yoongi se dibujaba en el aire frío, formando nubes que se deshacían al instante. El silencio era abrumador. Caminó sin rumbo, dejándose llevar por la costumbre de recorrer ese terreno que conocía desde niño. Sus padres habían trabajado para la familia Park desde que tenía memoria, pero había una regla que nunca se rompía, no entrar a la casa principal. Jamás. Esa norma era tan estricta como absurda, y se aplicaba sin excepción al personal del servicio, incluido él.
—¿Qué tanto esconden ahí? ¿Al jefe de la mafia? —bromeó en voz baja, con una sonrisa torcida— Malditas reglas ridículas.
Pensaba sentarse un rato junto al viejo árbol cerca del vivero, donde el frío era más llevadero, pero algo lo detuvo. Al alzar la vista, notó una ventana abierta en el segundo piso. Y justo frente a ella, el tronco nudoso de un árbol que parecía haber sido plantado estratégicamente para invitar a cualquiera con un poco de curiosidad a trepar.
Se le ocurrió una idea. Solo un vistazo, nada más. Miró a su alrededor. No había nadie.
—Al diablo todo —susurró, encogiéndose de hombros— La curiosidad mató al gato… y yo soy ese gato. Espero no terminar muerto.
Subir no fue complicado. Las ramas eran firmes, y sus manos ya conocían el tacto de la corteza. En cuestión de minutos, estaba dentro. La habitación, silenciosa, lo recibió con un tenue resplandor navideño que se colaba por las cortinas. No era lo que esperaba.
El lugar era amplio y cálido, con una cama matrimonial cubierta de peluches de todos los colores. Las paredes y sábanas eran de un verde menta suave, todo perfectamente combinado. En una esquina, un ropero pequeño y un escritorio de madera complementaban el espacio. Sobre el escritorio, había algunos conejos de origami alineados con cuidado, y un libro viejo de tapa dura.
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Rockabye | Yoonmin |
FanfictionPark Jimin lo perdió todo en un instante, su hogar, el apoyo de su familia y la seguridad que alguna vez creyó tener. Rechazado por sus padres tras revelar su embarazo, se ve obligado a sobrevivir solo, buscando refugio en calles frías que jamás se...
