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22 de marzo de 2015

—¿Unir a nuestros hijos en matrimonio? —repitió Kim Young Hoon con una sonrisa sarcástica, encendiendo un puro con movimientos pausados— Es la idea más absurda que he escuchado en años.

El humo se elevó con lentitud, impregnando la sala con un aroma fuerte, pesado, como la tensión que flotaba en el aire. La vista desde el penthouse era imponente, con la ciudad extendiéndose más allá de los ventanales, pero ni el lujo del entorno suavizaba el tono de la conversación.

—Solo piénsalo un momento, Young Hoon —insistió Park Seung, inclinado ligeramente hacia adelante en el sillón de cuero negro— Uniendo nuestras familias, fusionaríamos dos de las empresas más importantes del país. La sinergia sería inigualable. Nuestro poder se duplicaría.

—¿Poder? —Young Hoon soltó una carcajada seca, carente de humor— ¿Llamas imperio a una empresa que se tambalea al borde de la bancarrota? No vengas a perder mi tiempo con fantasías de cuento, Seung.

—Es cierto que no estamos en el mejor momento —reconoció Park Seung, bajando un poco la voz, como si ese matiz de humildad le doliera en el ego— Pero aún no hemos caído. Y con tu inversión, podríamos consolidar algo mucho más grande que lo que cualquiera de los dos posee por separado.

—Por favor... —resopló Young Hoon con desdén, levantándose para caminar lentamente por la sala, el puro entre los dedos, dejando un rastro de humo tras de sí— Los Park han sido miserables desde siempre. ¿Recuerdas hace cuarenta años? Porque yo sí. Tu padre arrodillado frente al mío, suplicando por un préstamo. Y ahora tú... igual de patético.

—Empresas Park puede sostenerse por sí misma —replicó Seung, con una dignidad artificial, el rostro tenso.

—Tú mismo sabes que eso no es verdad —respondió Young Hoon, mirándolo por encima del hombro, con una sonrisa cínica— Estás desesperado. Quieres mantener tu estilo de vida, tu nombre en las portadas. Te gusta aparentar grandeza. Pero sin mí, Seung, te hundes. Y lo sabes. —Volvió a sentarse, cruzando las piernas con elegancia.

Park Seung no respondió de inmediato. Sus manos estaban entrelazadas con fuerza sobre sus rodillas, y aunque su expresión permanecía serena, sus ojos delataban la frustración que hervía por dentro. Aquel era el precio de la ambición: tragarse el orgullo.

—Si aún quieres seguir con tu cuento de que puedes solo, la puerta está ahí —añadió Young Hoon, señalando con un leve gesto hacia la salida— Puedes marcharte y dejar de hacerme perder el tiempo.

Pero Seung no se movió. Sus labios formaban una línea rígida, y su mandíbula estaba tan tensa que parecía hecha de piedra.

—Sabía que me necesitabas —dijo Young Hoon tras unos segundos de silencio, recostándose con comodidad, como quien se sabe ganador antes de que empiece la partida— Aunque me divierte verte resistirlo.

—Hagamos un trato —dijo Seung finalmente, obligando a su voz a sonar firme— Un plan de expansión para mi empresa, a cambio del cuarenta por ciento de mis acciones.

Young Hoon dejó escapar una breve risa nasal.

—Sesenta por ciento —respondió, con un brillo calculador en la mirada— Y una garantía.

—¿Qué clase de garantía? —preguntó Seung, frunciendo el ceño, aunque ya presentía la respuesta.

Young Hoon dio una última calada a su puro antes de apagarlo lentamente en un cenicero de cristal tallado.

—Tú fuiste quien mencionó unir a nuestros hijos —dijo con una sonrisa helada— Me quedaré con tu hijo como aval. Si me traicionas, Park Jimin pagará las consecuencias. El doble.

Rockabye | Yoonmin |Donde viven las historias. Descúbrelo ahora