Desperté cuando el ruido de metales chocando penetró mis oídos, abrí los ojos y pestañeé, tratando de enfocar la vista; papá apareció frente mío, tratando de quitarme las cadenas.
— ¿Cómo estás? —preguntó, librándome la muñeca izquierda.
— Bien —contesté, aún adormilada—. ¿Qué hora es? —Refregué mis ojos cuando tuve ambas manos libres. Traté de ignorar el ardor que producía la plata al tocar mi piel.
— Las 6:30 am —lo miré sorprendida.
— Ni siquiera ha salido el sol, ¿por qué tan temprano?
— En realidad, ya está amaneciendo; hoy tuvimos suerte, no creo que mañana sea así —terminó de librarme los pies y se irguió—. ¿Vamos a casa? —Asentí y me paré con dificultad, me sentía débil y, si hacía algún movimiento brusco, me marearía. Había sido así desde que todo empezó.
— ¿Cómo estuvo anoche? —pregunté, refiriéndome a mi situación. Papá se encogió de hombros, mientras avanzaba hacia las escaleras.
— Bien, creo que estás mejorando —mintió. Siempre lo decía para tranquilizarme, y, aunque me costara admitirlo, lo hacía. Más allá de ser una mentira, encontraba alivio en sus palabras.
Subimos en silencio, y una vez arriba, papá tomó las sábanas que usaba para taparse en el sillón arruinado de la sala y cruzamos la puerta.
Fuera estaba helado, aunque el cielo estaba comenzando a teñirse con una débil franja naranja, el invierno estaba llegando y no podíamos hacer nada contra eso. Me arrepentí de haberme llevado una remera con mangas tres cuartos. Anoche habíamos salido tan rápido que ni siquiera tuve tiempo en pensar que debía abrigarme.
Me subí al auto, en el asiento trasero y papá me siguió, en el asiento del conductor. Cerró la puerta rápidamente, se llevó las manos a la boca y sopló, queriendo calentarlas. Amaba ese gesto de él, era tan típico. Luego, como siempre, se refregaba una mano con la otra.
Encendió el motor, apoyó la espalda y se quedó mirando hacia delante, la hilera de árboles que había a nuestro alrededor, y más allá, la carretera con vuelta a casa.
Desviémis ojos a la ventana, trataba de no pensar en nada que estuviera referido a misituación, pero no podía. Cada mes que salíamos de esa casa abandonada y nossubíamos al auto sin dirigirnos la palabra, los pensamientos de arrepentimientome inundaban, como las olas salvajes luego de una tormenta. Pensaba en cómohabíamos llegado a esto, y en lo mucho que deseaba ser una chica normal, todohabría sido mejor si el hecho de que me convirtiera en lobo una vez al mes solome perjudicara a mí, pero no era así. Perjudicaba a mí papá, quien tenía quetraerme siempre hasta aquí, cuidar de mí, y soportar mis aullidos o vaya asaber qué hacía en aquel sótano, solo. A mamá, quien en vez de tener quepreocuparse sólo por una adolescente y su hermana menor con problemas comunes,tenía que esperar a su hija lobo toda una noche en el sillón porque estápreocupada, y desvelarse algunos días buscando alguna solución a esto, enInternet y libros. Había veces donde el único lugar donde se podía encontrar ami mamá era en la biblioteca, porque había llegado a un momento culminantedonde no podía soportar más la situación y volvía a sentarse en una mesa confilas y filas de libros no leídos o ya leídos, creía que tal vez, había saltadoalguna parte importante.
Y mi hermanita menor, de siete años, quien en lugar de tener una hermana con quien jugar siempre o dormir las noches cuando tenía alguna pesadilla, estaba, al igual que mamá, pendiente de cuándo volvía las veces que desaparecía toda una noche. A pesar de que no siempre podía quedarse despierta, lo intentaba. A veces, mamá la cargaba en sus brazos y la llevaba hasta su habitación, pero otras, mi hermanita se quedaba pegaba junto a la ventana, esperando ver el auto de papá conmigo adentro. Y lo peor de todo es que, ella no sabe nada. La única explicación que podemos darle es "son cosas que no entenderías, Hannah; cosas de adultos".
A pesar de algunos inconvenientes, mi familia me quería, lo sabía, sino, no estarían haciendo todo esto. Me amaban y querían lo mejor para mí. Pero a veces no podía evitar el sentirme culpable porque, al fin y al cabo, lo que todos deseábamos, era ser una familia normal.
El auto se puso en marcha, quitándome de mí transe profundo.
Cuando llegamos a nuestra calle, vi un camión de mudanza estacionado justo al lado de nuestra casa, fruncí el ceño, ¿Qué había pasado con nuestros vecinos? Que yo supiera, nunca hablaron de una situación donde quisieran mudarse. Iba a preguntarle a papá, pero en ese momento cruzamos al camión y estacionamos justo delante de él.
— Llegamos —dijo papá con una sonrisa. Bajé del auto sin decir nada, cerré la puerta detrás de mí y esperé a que bajara, para entrar juntos a la casa. Me abracé a mí misma tratando de que el frío disminuyera.
— ¡Gabby! —gritó una voz pequeña, di la vuelta y vi a mi hermana en un pijama rosado corriendo hacia mí. Sonreí y me agaché hasta llegar a su altura, estiré los brazos recibiéndola.
— ¡Hannah! —dije con alegría—. ¿Qué haces desabrigada?
— Estuve esperándote toda la noche, Gabby —explicó, con su voz inocente; me separé y comencé a acariciarle el cabello enmarañado, sin dudas se había quedado dormida y lo más seguro era que se despertó con el ruido de la mudanza, y la llegada nuestra hizo que bajara corriendo—. Te he extrañado —agregó haciendo puchero. No pude evitar reír.
— Yo también, Hannah —dije. Hannah me tomó de las muñecas y las examinó, tenía una franja gruesa rosada. No le impedí que me las viera, ella ya sabía que aquello me sucedía cada vez que salía toda la noche, sólo le dejamos saber que no estaba bien lastimarse, todo lo que una niña de siete años debía comprender.
— ¡Lex, apúrate! ¡Las cajas no tienen patas para ir caminando hasta la casa! —gritó alguien. Curiosa, miré hacia mi derecha, donde estaba sucediendo la mudanza. Un muchacho alto, de cabello negro, ojos marrones, lunares esparcidos por el rostro y nariz prominente, nos estaba mirando. Con ambas manos cargaba una caja medianamente grande, al parecer se dirigía a la casa pero se detuvo para examinarnos. Noté que sus ojos se clavaron en mis muñecas, las que Hannah estaba analizando, y hablando, diciéndoles que se curen porque no quería que sufriera. Me pareció un descaro que aquel muchacho nos estuviera observando sin ningún tipo de disimulación.
— Papá —llamé, mirándolo, él estaba cargando las sábanas —, ¿te falta mucho?
— No, pero ten, abre la puerta— me paré y tomé las llaves.
— Vamos, Hannah —estiré la mano para que la agarrara y ambas camináramos hacia la puerta. Miré una vez más al chico, quien nos seguía con sus ojos.
— ¡Lex! —le volvieron a gritar, y esta vez, el muchacho, se encaminó hasta la casa.
Llegué hasta el porche, abrí la puerta y entré.
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Moonlight
WerewolfGabby es una adolescente común y corriente. Hasta que una noche es mordida y convertida en mitad lobo; ella piensa que tiene todo bajo control pero cuando comienza a sentir que la siguen y su cuerpo lucha para convertirse en lobo cada vez que se enf...