- Capítulo Cuatro -

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Una vez en el porche, golpeé suavemente la puerta tres veces. Deseé que no hubiera nadie en casa, para poder volver a la mía y que al día siguiente quien tuviera que ir hasta allí fuera mamá. Hannah estaba a mi lado, apoyada en la pared, su rostro feliz había cambiado por uno lleno de nerviosismo.

— ¿Gabby, y si volvemos a casa? —Reí. Ver cómo de un momento a otro cambiaba de estado de emoción era gracioso.

— Hannah, ¿tú eres una muchacha valiente? —pregunté seria.

— Sí —contestó firme.

— ¿Entonces qué? ¿Tienes miedo? —Negó con la cabeza efusivamente.

— No.

— ¿No quieres conocer a los otros niños?

— Sí, sí quiero.

Estuve a punto de contestarle, pero la puerta se abrió interrumpiéndonos, de pie frente mío apareció el mismo chico que el día anterior había seguido con su descarada mirada a mi hermana y a mí.

Esta vez, tuve un mejor acceso a mirarlo, sus cabellos negros estaban alborotados, los ojos marrones cansados, tenía la nariz ancha, larga y respingada, pero en su rostro con varios lunares esparcidos estratégicamente quedaba bien, las cejas eran abundantes pero perfectas. Estaba vestido con una remera gris, arrugada y unos pantalones del mismo color pero de los que se usan para hacer gimnasia. Iba descalzo.

— Hola —dijo, curvando sus finos labios.

— Hola —saludé de vuelta—, vivo en la casa de al lado...

— Lo sé—interrumpió. Suspiré, no había cosa que odiara más que me interrumpieran.

— Mi mamá hizo este pie como bienvenida al pueblo —dije rápidamente, cuanto antes terminara esto, mejor—. ¿Puedes dársela a tus padres? —pregunté.

— ¿No es para toda la familia? —cuestionó, sonriendo de lado, la típica sonrisa que tenía cualquier hombre cuando disfrutaba de una situación.

— Sí, pero creo que tus padres son los únicos responsables —contesté sin pensar.

Sentí cómo me tiraban de la manga del buzo, Hannah me miraba como si quisiera que me comportara mejor. Pensé en mi madre, eran tan parecidas que podía pensar que mamá había poseído el cuerpo de Hannah.

— Hola, pequeña —el chico se agachó hasta llegar a su altura—. ¿Cómo te llamas?—. Hannah dudó un momento antes de contestar.

— Hannah —contestó tímidamente.

— ¿Tú hermana es siempre así? —preguntó el chico, primero mirándome y luego a Hannah. Iba a contestarle, pero mi hermana me interrumpió.

— No... No creo. —El chico sonrió y bajó la mirada, como si no pudiera creer lo que acababa de oír—. Mamá dijo que había niños aquí, ¿es verdad?

— Sí, es verdad, mis hermanos. Pero ahora están con mis papás, que salieron. No deben de tardar en llegar, ¿quieres pasar a esperarlos? —Hannah me miró, suplicándome con los ojos. El chico me miraba también, y lo odié tanto que creí que no podía sentir nada más.

— ¿Podemos, Gabby? —preguntó, tomando mi mano.

— Está bien —contesté con un suspiro.

— Bien, Hannah, entra, siéntete como en tu casa, aunque haya cajas por todos lados. — Hannah entró en cuanto el chico se puso de pie. —Creo que deberás esperar adentro, al menos que quieras dejarla. —Negué con la cabeza.

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