CAPÍTULO 25. Huida

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Uno puede escapar de los problemas pero, al final, tiene que volver y enfrentarlos.

Nicole Natalino

POV Anne

La semana pasó volando. Pasamos horas enredados entre las sábanas de la habitación con la única intención de amarnos sin descanso. Pese a tener una barriga considerable, nos las apañamos para buscar posiciones que me resultasen placenteras y me permitiesen ver las estrellas cada vez que Gèrard se enterraba en mí. Perdí la cuenta de cuántas veces grité su nombre en cada orgasmo y cuántas escuché el mío salir de los suyos. Solo existíamos nosotros en aquellas paredes. Solo nosotros, poseídos por ese fuego que emanabamos cada vez que estábamos a menos de un palmo de distancia. Volvimos a memorizar cada pulgada de piel y cada lunar. Nos deleitábamos en las marcas que ambos portábamos tras años de guerra, nuestras pequeñas victorias dentro de ese caos infernal.

Ahora, ambos estábamos marcados. Habíamos padecido la locura de personas que usaron nuestro cuerpo como diana y, sin embargo, ahora venerábamos como uno de nuestros bienes más preciados. No olvidaríamos nunca lo que nos habían hecho, pero lo usaríamos para saber lo fuertes que éramos y que habíamos sido.

Recuerdo que no hubo rincón de la casa que no usásemos. Me sentía mejor y ya no tenía las molestias de los primeros meses de embarazo. Mi abdomen parecía crecer un poco cada día, pero me encontraba bien. Seguía algo cansada, pero Gèrard me acunaba entre sus robustos brazos y caía presa de un sueño casi instantáneo. Un día, estando en la bañera disfrutando de un poco de tiempo para recuperar fuerzas entre nuestros encuentros íntimos, me preguntó por algo que me descolocó.

- Anne, nos vamos en dos días. Me gustaría que me dijeses qué pasó con Greta. A veces, la mencionas en sueños y estoy preocupado.

- Greta ya no forma parte de este mundo.

- Sí lo hace si sueñas con ella. Y llevas semanas así. Quiero ayudarte, solo es eso - recogí las rodillas contra mi abultado abdomen intentando hacerme una bolita. Me estremecí pese a estar el agua aún caliente.

- No me arrepiento de nada de lo que hice Gè, se lo merecía. Pero me preocupa que llegué a disfrutarlo y yo no soy así - una lágrima cayó al agua haciendo una pequeña honda al caer.

- Claro que no eres así. A veces nos vemos obligados a hacer cosas que en una situación normal jamás se nos hubiera pasado por la cabeza.

- Lo sé. Es que pude haberle pegado un tiro y listo. Pero quería que sufriera y que pagase por todo lo que te había hecho. Me pudo la sed de venganza. Supongo que tengo un lado oscuro que dejé voluntariamente que me poseyera y no lo frené. Me da miedo acabar convertida en eso porque sé que está en mí - me apretó más contra él.

- Anne, todos tenemos esa parte dentro de nosotros. Simplemente, la mantenemos alejada de la superficie. En una ocasión tan extrema como la que pasaste, es normal que te dominase... - sus palabras llevaban algo de razón - ¿Crees que, si yo hubiera tenido oportunidad, no hubiera disfrutado acabando lentamente con el sádico de Shüller? ¿Qué no le hubiera cortado la polla y se la hubiera metido hasta ahogarle en su propia cavidad bucal?

- No creo que sueñe con ella por remordimientos. Lo volvería a hacer una y mil veces si fuera necesario. Solo tengo miedo de mí misma. La guerra cambia a las personas. Te lo dije aquella noche de tormenta, cuando nos confesamos que aún nos amábamos. Pero no quiero convertirme en un monstruo. Eso me aterra.

- Jamás podrías convertirte en alguien así - eché mi cabeza hacia atrás para refugiarme en su pecho.

- Ya no estoy segura de nada. Y nuestro bebé... - me acaricié la tripa y pronto se movió ante mi contacto - ¿Qué clase de madre voy a ser si disfruté grabando a cuchillo los números de mi brazo en el torso de aquella mujer? - las lágrimas caían ahora sin control. Él besó mi cabeza con fervor.

Fräulein AnneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora