CAPÍTULO 28. Sacrificio

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El hombre justo no es aquel que no comete ninguna injusticia, sino el que, pudiendo ser injusto, no quiere serlo.

Menandro de Atenas

Junio 1945

POV Gèrard

No me lo podía creer. No le veía desde el funeral de mi padre. Estaba algo cambiado, llevaba peluca seguro, y se había dejado algo de barba, pero estaba convencido de que era él. Seguía obeso y los andares eran los mismos.

- Anne, ¿ves a ese hombre corpulento que está junto a aquel escaparate?

- Sí, ¿qué pasa?

- Es el general Merkel. Fuimos juntos en coche al funeral de mi padre. No paró de hablar en todo el viaje.

- ¿Estás seguro?

- Ha intentado cambiar algo su aspecto, pero estoy casi seguro - entró en la tienda - ¿Puedes hacerme un favor?

- Claro.

- Dame a María y entra a la tienda. Necesito que, si habla, escuches si tiene acento alemán. Eres buena en eso.

- Está bien.

Me dejó a la niña que intentó apoderarse de mis nuevas gafas y, mientras yo intentaba entretener a nuestra hija, ella entró a la tienda.

Vi salir a Merkel y, un par de minutos después, Anne volvió donde la esperábamos.

- No es escocés. Ni siquiera es inglés. Tiene un marcado acento de la Alemania del este.

- Lo sabía. Anne tengo que saber si vive aquí en Aberdeen. Seguro que huyó como las ratas al ver que Hitler pedía a sus generales el suicidio. Merkel se tiene demasiado aprecio a sí mismo.

- ¿Pretendes que lo sigamos?

- No, espera aquí. Vuelvo enseguida.

Volví tras unos minutos frustrado porque me había dado esquinazo. No hablamos del tema en el trayecto de vuelta. Anne respetaba mis silencios y no intentaría saber más hasta que no estuviera preparado para contárselo.

Esos días estuve ocupado recibiendo las cerca de cien ovejas que habíamos comprado. La casa tenía a unos cincuenta metros algo parecido a un establo y llevaba desde que adquirimos la casa arreglando algunos desperfectos así que, para cuando los animales llegaron, ya lo tenía todo preparado. La lana escocesa podría darnos ingresos extras. Anne ayudaba en la escuela algunos días. Se había ganado a los pocos profesores y los alumnos enseguida, pero necesitábamos algo para poder seguir teniendo ingresos. No quería volver a una oficina. Allí, rodeado de verde me sentía libre, y los animales se me daban bien.

Me gustaba trabajar el campo. Caía rendido por las noches, pero no tenía la presión de la oficina, ni las prisas, ni las voces. Prefería cien veces esta vida. Más humilde, pero mucho más satisfactoria.

Al final, con el paso de los meses casi olvidé el tema. María crecía muy rápido. A finales de verano ya andaba y chapurreaba algunas palabras. Sus ojos dejaron el gris y eran una mezcla de tonos verdes preciosa. Sus bucles negros al viento estaban siempre salvajes. Se negaba a que le pusiéramos nada en la cabeza, fruncía la frente y le salía una arruguita tan adorable que nos rendíamos a sus deseos. Le encantaba jugar entre las ovejas y ellas la habían adoptado como un corderito más del rebaño.

Crecía sana y feliz, y eso era lo único que nos importaba. A finales de septiembre y tras casi diez meses sin vernos, Amaia y Alfred vinieron a visitarnos a Banchory. Nos habíamos carteado, pero el encuentro fue indescriptible. Alfred ya no cojeaba. No podía correr bien, pero estaba totalmente recuperado. Vivían junto a los cuatro abuelos en la casa de Gales y habían abierto una pequeña fábrica de electrodomésticos. Ya contaban con media docena de empleados. Amaia ayudaba con las cuentas y atendía los pedidos y las llamadas. Era una empresa muy modesta, pero les servía para vivir e ir ahorrando un poco.

Fräulein AnneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora