Un deseo no cambia nada. Una decisión lo cambia todo.
H. Jackson Brown
POV Anne
Me sentía acorralada, observada desde las botas al nacimiento del pelo. Su mirada fija en mí me pesaba como una losa y provocó un vuelco en mi estómago. Las mariposas que creí muertas comenzaron a despertar del letargo en el que llevaban años sumidas. No. Me negaba en rotundo a sentirme así de nuevo. Aunque fuese real. Aunque lo tuviera a tres metros escasos de mí. Intenté acallar las voces en mi cabeza que gritaban "esperanza" hasta quedarse afónicas. Temblaba, pero me obligué a calmarme. Parecía que todo lo aprendido con Benjamín en aquel viejo almacén de Jerusalén y luego con Eve en Londres se había esfumado de mi cabeza.
Sabía que estaban hablando entre ellos, oía esa voz de fondo que creí no volver a escuchar jamás. Discutían sobre unos papeles que faltaban. Alcé furtivamente la vista a Shüller, sudaba y tartamudeó un par de veces. Gèrard le apretaba las tuercas. Qué se joda el malnacido. Ojalá le mandasen al frente ruso, a Siberia, hasta las pelotas se le congelasen. Y en eso estaba pensando cuando le oí demasiado cerca y casi tiro el arco al suelo de no ser porque él lo cogió al vuelo.
- Toca usted de una forma exquisita, fräulein Anne – cada poro de mi piel reaccionó como una flor cuando se abre al salir el sol. Maldito, que sigues haciendo conmigo lo que quieres. Pues ojalá veas el asco que me suscitas ahora, aunque mi cuerpo vaya por libre. Le miré con toda la repulsión con la que fui capaz y mascullé bajito entre dientes.
- Gracias, SS-Obersturmbannführer. Increíble que aprecie música tan delicada cuando ustedes son más de aniquilar cultura - no pude evitar decírselo. Y algo escuchó Shüller porque se acercó a mí y alzó el bastón que ahora usaba para desplazarse dispuesto a golpearme. El golpe no llegó.
- No le permito esas maneras delante nuestra - Gèrard alzó la voz. Grave, autoritaria.
- Señor esta escoria no merece menos, ¿ qué cree que hacemos en campos como éste? - Shüller le miraba incrédulo.
- No me trate como si fuese estúpido. Podría mandarle al destino que quisiera con solo levantar un teléfono. Así que le repito, no quiero actos violentos innecesarios. Ahora busque el listado que le he pedido. Tenemos prisa. En diez o quince días, un tren de mercancías llegará a Dachau. Lo queremos cargado y con el listado que le mandaré, en dos días a lo sumo. Necesitamos munición en varios frentes con urgencia. ¿Me explico suficientemente claro para usted?
Sentía que en mi corazón solo se vislumbraban borrascas que iban directas a provocarme una gran tempestad interior. Por un lado, el asimilar aún que tenía al amor de mi vida frente a mí. Por otro, saber que era del bando enemigo, que él se había convertido en uno de ellos, qué orgullo para su padre enajenado. Y yo sentí que le amaba y le odiaba a la misma vez y esa disyuntiva me iba a quitar la poca cordura que me quedaba. También sentía dolor. Porque amar a alguien y perderlo duele; duele mucho. Pero amar a alguien y verle tras años sin tenerle cerca convertido en todo lo que juró no ser dolía más. La duda de no saber lo que le estaba pasando por la cabeza me corroía las entrañas, me angustiaba, me daba esperanzas y también miedo a sentirme defraudada si me dejaba entrar en su cabeza.
No volvió a mirarme a los ojos, hizo como si yo no estuviera compartiendo su aire, y no supe qué pensar. Para empezar porque ni yo misma sabía lo que quería. Tenía que saber que todo lo vivido desde aquella despedida hacía tanto tiempo, tatuada desde entonces en las profundidades de mi corazón, iba a volver a la primera línea de mis pensamientos en cuanto crucé esa puerta y supe aún sin verle que era él. Pero había sufrido mucho desde la última vez que estuve entre sus brazos. Había padecido la angustia en otro país sin saber si mis padres estaban bien una vez que se los llevaron. Hice miles de kilómetros cegada por el odio para poder intentar encontrarlos arriesgando mi vida en el trayecto, cruzando fronteras en plena guerra. Me dejé capturar solo para poder verlos una última vez. Oír sus voces y hasta eso me arrebataron. Y él no estuvo ahí para consolarme, para decirme que todo iba a salir bien. No, él había decidido hacer carrera militar y abrazar todo lo que un día dijo odiar. Y fue escalando rápidamente y tenía el poder cual César para tirar a los leones a hijos de puta como Shüller. Y no había redención para nosotros. Estábamos en lados opuestos del espejo. Y, sin embargo, un hilo de esperanza se había colado en una pequeña grieta amenazando todo mi muro de hacerse pedazos. No importaba que le soñase ni que mi cuerpo fuese débil y desease tenerle cerca y estremecerse al sentir el primer roce con su piel. No. El amor no tenía lugar en esta guerra y el miedo a salir herida me decía que si volvían a hacerme daño ya no tendría modo de recuperarme.

ESTÁS LEYENDO
Fräulein Anne
RomansEn 1938, Anne se ve obligada a huir de su país por la tensa situación política, dejando atrás a su familia y a la persona que ocupa su corazón. La guerra cambia a las personas pero, ¿podrá el amor sobrevivir a la mayor guerra jamás conocida?