CAPÍTULO 11

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Daphne

La noche había sido bastante larga. Aquiles no mentía cuando me llevó hasta su habitación.

Ayer me lo pasé bastante bien, sin contar mi nerviosismo por volver a ver al abuelo de Aquiles. Él es de las únicas personas que saben todo lo que me pasó. Cuando se enteró, bueno se lo conté yo, prometió ayudarme siempre.

No llegué al puesto en el que estoy por ser una enchufada. Él me enseñó parte del trabajo, pero aun así tuve que esforzarme muchísimo. Me hacía ilusión saber que de verdad estaba orgulloso de mí. He intentado hacerlo lo mejor que he podido.

En cuanto a Aquiles, estuvimos toda la noche juntos y se portó superbién conmigo. Pasamos el rato hablando y riendo. Con Aquiles el tiempo se me pasa muy rápido, y parece que nos entendemos sin ni siquiera hablar. Me sacó de ese círculo de personas donde no paraban de felicitarme. Me agobiaban bastante.

Seguía sin entender por qué se comportaba tan bien conmigo, no me iba a quejar, pero es que si continuaba así, se me iba a hacer difícil no tener sentimientos por él.

Porque cuando estoy con él estoy muy cómoda, sonrío por tonterías y me gusta cuando su piel roza la mía.

Abrí los ojos y me encontré con Aquiles dormido delante de mí. Tenía el brazo tatuado por mi cintura atrayéndome a él y nuestras piernas estaban entrelazadas.

No pude evitar sonreír como una estúpida y sentir como mi corazón se aceleraba solo por sentirlo a mi lado. Levanté una mano y la llevé a su rostro. Es demasiado atractivo para este mundo. Le quité algunos mechones de la cara y le acaricié las mejillas. Su rostro se relajaba mientras dormía y ya no parecía una persona fría y distante.

¿Cómo no voy a tener sentimientos por él si me trata tan bien?

Pues no sé chica, pero él dijo que nada de sentimientos.

—¿Quieres una foto? —dijo con su voz ronca aun con los ojos cerrados y la comisura de sus labios ligeramente elevada.

—No— dije un poco avergonzada e intenté separarme un poco de él para darme la vuelta, pero no me dejó.

—¿Dónde vas? —me sonrió abriendo los ojos.

—A ningún lado.

—Así me gusta. ¿Qué estabas haciendo antes? —me miró de una manera tan pícara.

—Dormir— le contesté.

Sin más, me cogió y me situó encima de él, tumbada. Coloqué mis brazos cruzados en su pecho y apoyé mi barbilla en ellos mientras él me rodeaba la cintura con sus brazos y seguía entrelazando nuestras piernas.

—¿Y cuándo te has despertado?

—Abrir los ojos.

—¿Y cuándo has abierto los ojos?

—Mirarte— le contesté con una sonrisa tímida.

—¿Y qué pensabas? —me preguntó mientras me apartaba un mechón de la cara y me lo colocaba detrás de la oreja.

—En que cuando estas dormido no das miedo.

—¿Te doy miedo? —me miró un poco confundido.

—La verdad es que no. Pero siempre pareces tan frío y antipático, con las facciones duras de tu cara que cuando duermes dejas de ser todo eso— le sonreí.

—¿Facciones duras? —preguntó con una sonrisa torcida y yo asentí— . Tengo otras cosas más duras.

—¡Aquiles! —le pegué levemente en el pecho y se echó a reír. Yo simplemente escondí la cara entre mis manos porque empecé a sonrojarme.

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