CAPÍTULO 25

356 10 2
                                        

Daphne

Viernes. 17 de octubre.

Una fecha que a partir de ese día se me iba a quedar para siempre.

La razón: el cumpleaños de la persona que más quería en este mundo.

Me levanté más pronto de lo normal para despertarme antes que Aquiles. Cuando me desperté, lo vi dormido tranquilamente y con sus facciones relajadas. Le acaricié y le quité algunos mechones que le caían por la frente. Me encantaba despertarme a su lado porque eso significaba que era lo primero que veía al abrir los ojos.

Me levanté y fui directa al baño. Me di una ducha y me adecenté. Me peiné, me lavé los dientes y me puse uno de los conjuntos que me compré en una tienda de lencería ayer cuando fui a por sus regalos.

Era una sorpresa, así que me coloqué el conjunto y una bata de seda por encima. En silencio, salí del baño y de la habitación, y bajé a la cocina. Le iba a hacer un desayuno como siempre me lo hacía él a mí.

Me puse manos a la obra. Hice unas tostadas, un café y un zumo de naranja natural. Ayer pasé un momento por una pastelería y compré una pequeña tarta, así que también se la puse. Cogí también una vela y el mechero. Le decoré la bandeja con todo el cariño del mundo y le doblé la nota que escribí ayer mientras él estaba dormido a mi lado.

Cuando ya estuvo todo perfecto, miré la hora y me di cuenta de que era la hora perfecta. Se despertará dentro de nada así que, con cuidado de que no se me cayera nada de la bandeja, subí las escaleras y fui a la habitación.

Con cuidado, abrí la puerta y lo vi todavía durmiendo como un angelito. Es más adorable. Dejé la bandeja a un lado de la cama y sonreí al verlo tan calmado. Es atractivo hasta cuando duerme.

Estaba boca arriba, cogido a mi almohada, ya que siempre tiene que tocarme y si no me cambiaba por algo, era imposible levantarme antes. Parecía un bebe grande.

Aquiles es mi bebe.

Sonriendo, me tumbé encima de él, le quité la almohada y soltó un gruñido que me hizo reír. Acaricié su mandíbula, su recta nariz, sus pómulos, sus cejas, sus ojos cerrados, su frente, sus labios. Llevé más caricias a su pecho y empecé a trazar las líneas de sus tatuajes. Tenía demasiados tatuajes. Algún día los contaré todos y le preguntaré por ellos. Llegué hasta la cicatriz que le hizo esa maldita Rebeca y la acaricié. Me agaché y la besé.

Se removió.

Fui dejando besos por su pecho, su cuello, su cara. Le di besos por cada parte de su perfecto rostro hasta que empecé a notar como se movía y se despertaba. Aun así, no paré de besarlo. Llevé mis besos a la comisura de sus labios para provocarlo. Volví a besar su cuello, después su mejilla hasta que volví a la comisura de sus labios y, cuando iba a apartarme, me sujetó y me besó él.

Sonreí tontamente.

Me separé y me quedé mirándolo. Poco a poco sus ojos se fueron abriendo, dejándome ver ese gris infinito que tanto me gustaba.

—Hola— susurré.

—Buenos días, bonita— me sonrió perezosamente.

—Feliz cumpleaños, mi amor— le sonreí y me acerqué para darle otro beso en los labios.

Se separó y me miró con las cejas fruncidas.

—¿Cómo lo has sabido? —me empezó a acariciar la espalda.

—Tengo mis contactos— respondí.

—Claro— soltó una carcajada.

—¿Por qué no me lo dijiste tú? —aparté la mirada.

HAZLO CONMIGODonde viven las historias. Descúbrelo ahora