— Bienvenida a casa, bienvenida a tu hogar, princesa — dice Hugo caminando con la niña en brazos.
Camino a paso sumamente lento, el dolor de todo mi cuerpo aunado con el de la cesárea imposibilita mi andar, por ende, tengo que apretar los dientes y sostener mi abdomen para poder dar pasos pausados. A él lo veo dirigirse al cuarto de gimnasio, por eso no me queda de otra que seguirlo
Mi sorpresa es gigante al ver que las máquinas de gimnasio han desaparecido, en cambio, una cuna, paredes blancas y rosadas decoradas con lores y ponis se encuentra en la habitación. Donde anteriormente estaba una máquina de correr, se encuentra un armario blanco y una mecedora del mismo color. Hugo aprovecha que la pequeña está dormida en sus brazos y la deposita en su cuna; me alarmo de inmediato, no quiero dejarla sola, no quiero estar sola con él
— No tienes por qué asustarte. Mira — señala un intercomunicador de bebes — en el cuarto está el otro
Finjo una sonrisa maldiciendo internamente. No me queda de otra que acercarme lentamente a la cuna y despedirme momentáneamente de Beatriz. Una sonrisa perezosa se instala en mi rostro al verla aquí, conmigo... pero esa felicidad se acaba cuando lo escucho hablar
— vamos, tú también necesitas descansar
— pero...
— nada, ella se puede quedar tranquilamente sola.
Doy media vuelva caminando en dirección a la habitación que seguiré compartiendo con Hugo. Una vez frente a la cama, me siento con dificultad, de modo que el dolor al hacerlo sea leve, al mismo tiempo y con ayuda de mis brazos acomodo mi cuerpo colocándome en posición fetal, posición que ayuda a disminuir las punzadas. Cierro mis ojos con cansancio a punto de quedarme dormida cuando lo siento en mi espalda, me tenso de inmediato pensando lo peor
— durmamos un poco, necesitas fuerzas
No respondo, me limito a mirar fijamente la cortina color champaña
— Te estoy hablando, Zahina. Maldita sea
— Está bien, Hugo
No muevo ni un musculo por miedo a enfadarlo, en cambio, dejo que mi mente vuele a otros brazos, a otros labios..., a otra persona que no debería estar pensando esto, pero, ¿Por qué ahora? ¿Por qué no hace meses? Me hubiese ahorrado todo este martirio si hubiese sentido lo que estoy empezando a sentir por él, por Gianluca. Con ese pensamiento dejo que Morfeo se haga cargo de mi entre sus brazos y me olvido de todo por unas cuantas horas.
Entre la bruma del sueño y el sonido de un llanto lejano, abro los ojos ubicándome en tiempo y espacio. ¡El intercomunicador! Me despierto del todo viendo a Hugo dormir plácidamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano me levanto y camino hasta la habitación contigua que es la de nuestra pequeña. La habitación está a oscuras, así que prendo una pequeña lámpara al lado de la cuna para luego tomar entre mis brazos a mi bebé, quien se revuelve furiosa en su manta rosada.
Con ella en brazos voy hasta la mecedora y saco mi pecho alimentándola, es ahí cuando se queda tranquila y comienza a succionar. Tomo su manita entre mis dedos sintiendo que con ella a mi lado puedo aguantar cualquier cosa. De pronto, Beatriz abre sus ojos dejando ver dos perlas color esmeralda idénticas a las de su padre. Ella me mira fijamente mientras mama; tardamos un largo tiempo mirándonos fijamente hasta que sus preciosos ojos se cierran y cae dormida.
Con sumo cuidado le saco los gases, le cambio el pañal y la acomodo en la cuna, asegurándome de que el intercomunicador esté debidamente encendido. Antes de salir de la habitación miro la hora en el reloj digital dándome cuenta que son exactamente las 4:15 a.m. Adiós sueño. Cierro la puerta y camino hasta la cocina que es donde Hugo dejó las medicinas y todo lo necesario para curar la cicatriz.
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Zahina ©
ChickLitDicen que a las mujeres ni con el pétalo de una rosa, él la lastimaba con sus espinas...
