Bengala

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Zen abrió los ojos. Su cuerpo dolía por el contacto con la piedra, pero le daba igual. Todo había salido bien, y era lo que importaba. Hizo una mueca cuando fue a mover el brazo, recordatorio de la herida producida durante el combate del día anterior. Con un suspiro ignoró el dolor, y fue a levantarse, descubriendo a Shirayuki dormida junto a él. Su cabeza pelirroja reposaba sobre su hombro, y algunos mechones de pelo le tapaban los ojos. Con una caricia, se los apartó, descubriendo una cara que estaba lejos de ser plácida. Los labios estaban apretados, y fruncía el ceño, y aún tenía los restos de una lágrima que había rodado por su mejilla. Habían pasado seis meses, pero la herida era demasiado profunda.

En silencio, reflexionó sobre aquella última noche. No sólo le había obligado a decir su secreto frente a ella, si no que además ni siquiera habían tenido tiempo de hablar o despedirse. Todo había sido demasiado precipitado.

-¿Por qué le obligaría a decirlo?- Se maldijo tirando del pelo de su flequillo en un intento de ocultar los ojos.- Podíamos haber vivido sin aquella información... Habría podido decirle algo más... Y él habría permitido que Shirayuki tocara su mano antes de despedirse.

Las lágrimas comenzaron a gotear sobre su camiseta antes de que pudiera darse cuenta.

-¿Zen?- La voz de Shirayuki le hizo mirarla por la sorpresa.- ¿Estás bien?- Preguntó preocupada incorporándose para mirarle bien.

Shirayuki no esperó una respuesta. Le miró a los ojos y se fundió en un abrazo con él.

-Lo siento tanto...- Consiguió articular pese al nudo de su garganta.

Shirayuki lo meció, sin aflojar su agarre.

-Shhh.- Dijo con dulzura mientras le acariciaba el pelo.

Pasaron unos minutos hasta que Zen logró recuperarse. Shirayuki deshizo su abrazo, sentándose junto a él, agarrándole la mano.

-Fue culpa mía...-Dijo en un susurro. Shirayuki levantó la vista de nuevo, encontrándose con sus ojos.-No debí obligarle a hablar, debí... Ni siquiera di la opción de que nadie se despidiera de él.

-No podías saber qué pasaría, Zen. Y tampoco podías saber si esa información habría servido para...

-Debí confiar en él. Si hubiera sido importante lo habría contado él mismo.

Shirayuki lo miró, con los ojos tristes.

-Pero confiaste en él... Le permitiste defendernos pese a su pasado. No lo juzgaste, y no lo echaste de tu lado.

-¿Desde cuándo te has vuelto tan fuerte?- Preguntó con una media sonrisa cargada de sentimientos encontrados.- Shirayuki lo miraba confusa. -Cuando ocurrió todo lo de Obi, pensé que colapsarías.- Se sinceró Zen.- Pensé que no lograríamos recuperarte, pero lo hiciste. De repente un día saliste de tu habitación y seguiste adelante... Estoy muy orgulloso de ti.

Shirayuki notó un nudo en el estómago. Lo cierto era que había colapsado, había tocado fondo. Y si había un motivo por el que había logrado seguir fue por todos ellos. Llevaba meses tratando de parecer fuerte frente a ellos, tratando de no preocuparlos, y tratando de no desconcentrarles. Y era agotador.

-No estoy siendo fuerte... en absoluto.

-Claro que sí. Anoche hiciste lo mismo. Nos sujetaste cuando empezamos a colapsar. Has sido nuestro apoyo muchas veces en estos meses, y sé que no ha tenido que ser nada fácil para ti.

-Lo que dije no lo hice para apoyaros. Lo dije porque de verdad pienso así.

-Eso no significa que no nos hayas ayudado. A veces ser fuerte simplemente significa estar ahí cuando te necesitan.

La marca- Akagami no ShirayukihimeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora