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Gobie buscaba con casi desespero a sus amos.
Con su pequeña mantita que olía rico, la arrastraba por casi todo el apartamento buscando a sus amos. O mejor dicho, a Abraham y a su mami.
Porque aquí Verónica le había dicho que le dijera, Mami, ella era su mami, su mamá.
Y con su mente de pequeño, la obedecía sin chistar.
No había nadie en el apartamento, casi parecía solitario, no había ni un alma en el lugar. Los guardias de Verónica no estaban, los sirvientes tampoco estaban y eso se le hizo raro.
Había entrado en el laboratorio donde casi siempre Abraham se la pasaba encerrado, pero no estaba hay. Y lo había buscado por todas partes, hasta incluso debajo de un posa papeles.
Rendido, decidió ir a la habitación del castaño, tal vez se había quedado dormido. Lo único que quería era no sentirse solo y aunque ver a alguien.
Cuando entro en el pasillo, frunció el ceño al escuchar ruidos extraños, sin importarle se adentro más y supo que el ruido provenía de la habitación de Abraham. Pegó su pequeña oreja en la puerta y... -
- Oh sí, si, así Abraham - escuchó la voz de su mami y su muy pequeña colita se agitó.
- Si, muévete así. Joder - escuchó la voz de Abraham y se alivio, aunque sus voces sonaban un poco agitadas no le prestó atención solamente se fue de hay con una sonrisa.
Después de no estaba solo y sabía que en cualquier momento ellos saldrían después de hacer lo que sea que estaban haciendo.... el pequeño Gobie tan inocente.
Dentro de la habitación los gemidos brotaban de la boca de Verónica sin pudor alguno ¿Y es que como podía no hacerlo cuando el castaño embestía con fuerza detrás de ella en ese punto tan delicioso?
- ¿Te gusta esto? - la chica asintió y chilló cuando algo golpeó su glúteo - Palabras preciosa - jadeo Abraham y Verónica sonrió satisfecha.
- Si me encanta - gime como puede y gira su cabeza para verlo sobre su hombro - Me encanta como me follas... - vira sus ojos cuando pellizco sus pezones - Y me encanta que me digas preciosa - gime ida y cierra sus ojos para disfrutar más de las embestidas del chico.
- Y a mi me encanta tu - gruñe - joder me encantas - murmura Abraham y pegó su pecho a la espalda de la muchacha.
Ambos eran un desastre, la habitación era un revuelto de ropa y de sus fluidos impregnados por sus corridas de hacia... algunas horas.
Ronda, tras ronda. No habían parado y es que al terminar el coito, no pasaba ni cinco minutos cuando los dos querían volver a besarse y a tocarse.
Era algo mutuo, siempre fue así. Una vez que se unían, volvían a ese abismo de antes. Ese donde ambos querían sentirse bien, donde pasaban horas dentro del otro para saciar el deseo que ambos sentían al estar cerca del otro.
De repente, los gemidos de la muchacha se volvieron más escandalosos, sus apretaron con más fuerza las sábanas blancas y sus caderas se sacudieron con fuerza mientras Abraham sentia que algo mojaba sus piernas y la cama se sentí un poco más mojado que antes al igual que su interior se volvió más suave y resbaloso.
