Mis semanas pasan sin ningún acontecimiento importante. Los preparativos de Navidad están por todas partes, pero a mí realmente no me importa esa fecha. En casa, mi madre se preocupa porque no como mucho, pero la droga que me da Caín me deja satisfecha y sin hambre. Mi alimentación es un caos, lo sé, pero... Me siento bien.
Respecto a Caín, casi no lo veo. No pasa mucho tiempo en casa, lo que es un alivio: puedo evitar enfrentar lo que pasa con su hermanito y mantenerme en una especie de zona de confort. Él me da la droga suficiente para la jornada y casi no hablamos; lo ocurrido entre nosotros queda flotando en silencios incómodos que ninguno menciona.
El ritual con mis copitos de nieve es casi artístico: dejarlos caer sobre un espejo o cualquier superficie plana, enrollar el billete y sentir cómo descienden lentamente hasta expandirse por todo mi ser. Lo tengo todo bajo control. No soy una adicta, estoy convencida de ello. Puedo dejarlo cuando quiera; patético sería depender de una droga.
Mi sábado transcurre lento, encerrada en mi cuarto leyendo un libro. Mi madre salió de compras y mi padre, afortunadamente, está fuera por su trabajo. Suena mi celular y salté de la cama con entusiasmo.
Caín: Fiesta en casa de un amigo hoy. Te pasaré a buscar a las 9
Di saltitos de emoción. Caín altera mis hormonas más de lo que quiero admitir; incluso la idea de la fiesta me hacía latir el corazón con fuerza. Tomo agua y comienzo a buscar qué ponerme.
Amethyst: ¿Puedo llevar a una amiga?
Caín: Si polluela, solo sean puntuales o me iré solo
Llamo a Isabella para invitarla y asegurarme de que llegue lista antes de las nueve, y envié un mensaje a Óscar para que fuera con Alejandra; ellos llegaran más tarde.
Me pruebo ropa una y otra vez hasta dar con el atuendo perfecto. Isa llega a tiempo para ayudarme con el maquillaje y darme ideas finales. Nos despedimos de mi madre y salimos a esperar a Caín. Prendo un cigarrillo mientras escuchamos el ruido de un motor acercándose: un Pontiac GTO '67 negro, impecable, se detiene frente a nosotras.
—¿Y tu otro auto? —exclamo viendo impresionada el auto clásico, era hermoso.
—Lo vendí y me compre este, fue la mejor inversión —comenta él. Procedo a hacer las presentaciones entre mi amiga y él para luego subirnos al auto, pone música y acelera.
Llevamos casi treinta minutos arriba del auto, ya me está doliendo el trasero de tanto estar sentada, Caín nos da una lata de cerveza a cada una y bajo la ventanilla para prender otro cigarrillo. —¿Cuánto falta? —pregunto, impaciente.
—Poco, mi amigo vive rumbo a la colina, casi a las afueras del pueblo.
—Podrías darnos la dirección para que Ame la envíe a sus amigos y sepan el tiempo que tardarán —comenta Isabella.
Caín le entregó su celular y ella apuntó todo.
—¿Por qué me dijiste polluela? —pregunto, frunciendo el ceño. Isabella suelta una risotada y Caín la sigue.
—Eres demasiado curiosa —dice mirándome de reojo —Pero me gusta.
Le pego un suave combo en el hombro y ambos reímos.
—Llevo semanas pensando por qué nunca hay pollo frito en casa y finalmente lo descubrí.
Levanté las cejas.
—Llegué a la conclusión de que eres tú. Nate no come casi nada de pollo, mi madre no come grasas ni carbohidratos, el personal tampoco... así que solo quedas tú.
No digo nada y bebo un sorbo de mi cerveza.
—Yo he visto gente adicta a muchas cosas, pero lo tuyo con el pollo frito es algo severo —añade entre risas.
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Just Like An Engel
RomanceEn todo pueblo hay secretos. En Graydale, los secretos sangran. Un asesinato desatará una red de mentiras que amenaza con derrumbar el imperio que domina sus tierras. Ella, hambrienta de vida y de algo más. Él, marcado por sus demonios, incapaz de h...
