Capítulo 24

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AMETHYST

Una visita interna es totalmente diferente a una simple visita en la que solo lo ves a través de un vidrio; aquí puedes estar con la persona, llevarle cosas, abrazarla.

El proceso para agendar una es un poco tedioso. Piden demasiados datos y cosas que me parecen innecesarias, pero después de pensarlo decido hacerlo.

Ropa simple, colores sobrios, sin accesorios y un montón de reglas más que debo cumplir para ingresar a la cárcel. Cumplo con cada una. Mi madre me envía comida para llevarle a Caín y, para eso, también hay un procedimiento: deben revisarla y aprobarla antes de permitir que la ingrese.

Una vez listo todo eso, paso a otra fila donde nos revisan. No sé exactamente cómo es el protocolo. Me sudan las manos a medida que avanzo. Cuanto menos falta para que sea mi turno, más nerviosa me pongo. Siento un nudo en el estómago e incluso llego a tener náuseas.

—Entra allí —dice de forma brusca la mujer gendarme que está afuera de un pequeño cubículo.

Hago lo que me ordena. Me llama la atención la manera en que nos tratan. Se acerca, me hace levantar los brazos y comienza a palpar por encima de la ropa. Me incomoda demasiado, pero entiendo que son medidas de seguridad.

—Baja tus pantalones —ordena de pronto.

—¿Qué? —frunzo el ceño mientras tomo algo de distancia.

—Que te bajes los pantalones. Debo revisar que no traigas nada... Y las bragas también, si es que traes. ¡Abajo!

Trago saliva y comienzo a desabrochar mi pantalón.

—¿Te puedes apurar? No tengo todo el día.

Suspiro mientras termino de bajar ambas prendas, cubriendo por instinto mis partes íntimas con las manos.

—Quita las manos, separa las piernas y haz una sentadilla. Te quedas unos segundos así.

Hago lo que me indica. No sé por qué, pero siento ganas de llorar. Me siento humillada. Es una situación demasiado fuerte para mí.

Cuando finalmente termina aquel martirio, me dejan ingresar. Camino por un pasillo enorme junto a los demás visitantes. El corazón me late casi a mil y siento que sudo frío.

Una puerta se abre y entramos al lugar donde los convictos esperan a sus visitas. Suspiro mientras busco a Caín con la mirada. Hay mucha gente distinta, rostros a los que no estoy acostumbrada. Es chocante.

Mi respiración se agita a medida que avanzo. Mis piernas tambalean. Me estoy sintiendo muy mal y no entiendo la razón.

A lo lejos lo veo.

Nuestras miradas se encuentran y sus ojos parecen iluminarse cuando me ve.

Pero yo no puedo.

Comienzo a retroceder mientras siento que todo en mi interior está a punto de explotar. No puedo estar ahí. Es demasiado.

Joder, no puedo.

Sin pensarlo, salgo corriendo. Dejo la comida sobre una mesa cualquiera y continúo hasta estar fuera. Tomo una bocanada de aire y comienzo a llorar de forma descontrolada. Me falta el aire, no puedo parar de temblar. Odio esta sensación.

Y me odio a mí misma por haberlo dejado ahí.

Me subo de inmediato a un taxi y le pido que me lleve a la colina. Pago lo que cuesta el trayecto y me bajo rápidamente para dirigirme a la mansión Petriev.

Toqué el timbre en repetidas ocasiones, casi como una loca, hasta que una voz detrás de mí me detiene.

Me giro lento y veo a Genesys, la dealer de Fenrir. Hago una pequeña mueca mientras ella llama para que abran la puerta. —No sé a quién buscas, pero solo está Fenrir y está ocupado —me hace pasar una vez que nos abren —Te ves molesta, ¿te puedo ayudar?

Just Like An EngelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora