Capítulo 28

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𝘾𝘼𝙄𝙉

Play: Los malaventurados no lloran - PXNDX 


Cualquiera comenzaría a enloquecer después de cuatro meses encerrado, pero yo enloquecí mucho antes, y curiosamente estar encarcelado me está haciendo ver muchas cosas con más claridad que nunca.

¿Estoy recuperando la cordura?

¿O será que jamás la perdí?

Desde que casi mato al otro tipo y terminé en la celda de castigo he tenido demasiado tiempo para pensar. Ya no quiero volver a perder el control así. Sí, pienso en romperle el rostro a Asher o a mi padre, pero eso es bastante más normal que ir por ahí dejando inconsciente a cualquiera.

Le dije a Ramsen que jamás volveré a meterme fentanilo. Me dejó completamente fuera de mí y definitivamente ya no estoy para experimentar con drogas que ni siquiera conozco.

Ese tipo siempre permanece en silencio, como si estuviera planeando algo constantemente. Nunca cuenta nada, no deja que nadie entre en su cabeza, y eso solo aumenta mi curiosidad por saber qué demonios piensa.

A veces creo que mi condena más letal no es esta prisión, sino pensar en ella. Mi Engel.

Intento no hacerlo, pero es jodidamente difícil sacarla de mi cabeza y, si hablamos de imposibles, eso sería sacarla de mi corazón.

Los chicos, cuando vienen a visitarme, evitan mencionarla. Y yo muero por saber хотя sea una vez cómo está. Asher ha venido tres veces y nunca acepté verlo; prefiero un abogado público antes que deberle algo a él.

Por eso, cuando me informan que tengo una visita íntima, quedo completamente descolocado.

Al entrar en la habitación asignada, me quedo boquiabierto.

—¿Viniste a tener sexo conmigo? —pregunto, frunciendo el ceño.

—¡Por Dios, no! —responde Alejandra mientras se acerca y comienza a revisar el interior de su brasier.

—No voy a tocarte ni nada de eso —digo, levantando las manos.

—Cierra la boca, Caín —gruñe la rubia, sacando de entre sus senos algo que parece una fotografía.

—No entiendo por qué pediste una visita íntima —me siento sobre la cama; es mucho más cómoda que las nuestras, así que aprovecho de recostarme un poco.

Ella se sienta a mi lado, visiblemente afligida.

—Porque encontré algo que tenía que mostrarte. Y debía ser en privado.

—¿Cuánto tiempo pediste?

Hace una mueca.

—Una hora. ¿Por qué?

—¿De verdad crees que duro tan poco teniendo sexo? —me río.

—Por favor, Caín. Con suerte la mayoría de los hombres dura diez minutos —rueda los ojos—. ¿Podemos hablar de lo importante?

—Vale. Muéstrame.

Me entrega la fotografía que escondía en su sostén. Tuvo suerte de que no la revisaran mejor.

—¿Qué mierda...? —la observo largo rato. Reconozco perfectamente a dos personas—. Son mis padres cuando eran jóvenes, pero...

—¿En serio no reconoces al otro? —pregunta señalando.

Just Like An EngelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora