Capítulo 27

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𝘼𝙇𝘼𝙎𝙏𝙊𝙍

Play: Clint Eastwood - Gorillaz


"Storytime de cuando maté a un hombre y pensé que no me habían descubierto."

Debo reconocer que jamás pensé que Amethyst volvería a tocar el tema. En parte porque ambos prometimos enterrarlo en el olvido, y tampoco es algo que me enorgullezca contar. Aunque, si me lo preguntan, no me arrepiento.
De lo único que me arrepiento es de haber dejado la maldita navaja.

Para explicar cómo casi terminé en la cárcel mucho antes que Caín, tengo que volver a aquella noche. Desde el momento exacto en que Isabella y yo nos separamos para buscar a Amethyst.

Pero antes quiero aclarar algo: jamás se me pasó por la cabeza matar a alguien. Bueno... salvo cuando tenía siete años y mi niñera me jaló la oreja por tragarme sus pastillas anticonceptivas.
Lo del señor Roussel simplemente pasó. Eso no me convierte en un asesino en serie.

Aquella noche caminé hacia el río, buscando a la cereza o cualquier señal que me guiara hasta ella. Después de varios minutos, lo único que escuché fueron gritos. Muchos gritos.

Cuando llegué, la vi.

Estaba junto a dos hombres. No distinguía bien sus rostros, pero al acercarme lo suficiente reconocí a Hansen... y al otro asumí que era su padre.

Roussel estaba golpeado, apenas podía mantenerse en pie. Amethyst lloraba mientras lo miraba con un odio que me apretó el pecho.

—Te debí matar, maldita niña —escupió él, intentando acercarse—. ¿Cómo es posible que con tantas golpizas no te hayas muerto?

—¿Qué hice para que me odiaras tanto, papá? —gritaba ella entre lágrimas—. ¿Por qué jamás pudiste amarme?

—Jamás quise una vida con ustedes. Yo quería otra cosa. Lo que obtuve fue una porquería de existencia a su lado. Tú siempre tan inútil y estúpida... ¿cómo se supone que iba a amarte?

—Siempre hice todo para que estuvieras orgulloso de mí... siempre traté de impresionarte. Solo quería que me amaras —susurró ella, destrozada.

—Nunca te amé. Me dabas asco. Quería que murieras, que desaparecieras de nuestras vidas.

En ese momento Hansen se lanzó sobre él y comenzó a ahorcarlo.

—Casi matas a Ámbar. A tu propia hija la quieres muerta. No tienes perdón. Aquí el único que debe morir eres tú.

No sé cómo, pero Roussel logró alcanzar una piedra y golpeó a Hansen. Luego, tambaleándose, se lanzó contra Amethyst y la tiró al suelo. El lodo lo cubría todo. Ella no podía zafarse.

Y entonces solo hubo una cosa clara en mi mente.

Iba a volver a golpearla.

Recordé cómo lloraba en Paradis cuando me contó todo. Sentí la navaja en mi bolsillo y no dudé. Corrí y lo apuñalé por la espalda.

Cayó, pero seguía vivo.

Hansen apareció con la misma piedra y le asestó un golpe brutal en la cabeza.

—Esto es por cada golpe que le diste a Ámbar.

No pensé. Solo hundí la navaja varias veces en su cuerpo.

—Y esto es por cada golpe que recibió tu hija.

No sabría decir si comprobamos que estaba muerto. Solo lo vimos inconsciente, inmóvil. Entre los dos lo levantamos. Me aseguré de haber perforado bien su estómago para que el cuerpo no flotara.

Just Like An EngelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora