9 | Arrodillate ante mi

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Edel caminaba de un lado a otro en su habitación como una fiera, sin prestarle atención al punzante dolor que subía por su pierna con cada paso

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Edel caminaba de un lado a otro en su habitación como una fiera, sin prestarle atención al punzante dolor que subía por su pierna con cada paso. La mandíbula tan apretada que parecía que en cualquier momento sus dientes iban a astillarse. El rostro, rojo de ira contenida. Respiraba rápido, furioso, como si el simple acto de inhalar le irritara. En cualquier momento iba a estallar.

No podía creerlo.

¿Cómo era posible que ella hubiera ganado? ¿Cómo una simple mujer humana había logrado derribar a un hombre de casi dos metros, entrenado para la guerra y el dolor? Se dejó caer sobre la cama, con los músculos tensos. Se frotó con fuerza el cabello con ambas manos, inclinado hacia adelante como si quisiera arrancarse la frustración de raíz. Maldijo en alemán entre dientes, con una rabia tan densa que parecía llenar la habitación como humo.

Le ardía el orgullo más que la herida. Isabella se había mostrado frente a todos como una mujer fuerte y sabía que pronto se correría el rumor de que ella fue la causante de la herida en su pierna. Eso era algo que no podía permitir. Si dejaba pasar esto, ¿qué quedaría de su reputación? ¿De su respeto? Nada. Y Edel no era un hombre que aceptara la derrota.

—Scheisse… —gruñó con un hilo de voz, sintiendo cómo el dolor en su pierna latía al ritmo de su ira.

Soltó un largo suspiro y se puso de pie, rindiéndose ante el fracaso de intentar calmarse. Podía controlar un grupo de asesinos, y crear estrategias… pero jamás había podido controlar lo que se agitaba dentro de su pecho. La ira era su único enemigo invencible. Lo dominaba, lo cegaba, lo hacía cometer idioteces.

Tomó el pequeño cuchillo que reposaba sobre la mesa y, sin pensarlo demasiado, deslizó el filo sobre su dedo índice. Un corte limpio. La sangre brotó de inmediato, caliente, espesa, deslizándose hasta llenar la palma de su mano. La observó en silencio, hipnotizado por el color carmesí que se acumulaba. Era como si necesitara verla para recordar que seguía vivo.

Pasó la manga de su camisa sobre la herida, limpiándola de forma descuidada. Sus demonios internos eran demasiado fuertes, si no los drenaba de alguna manera, terminarían por consumirlo por completo.

En ese momento, se escucharon unos golpes en la puerta. Antes de que Edel pudiera responder, la madera se abrió lentamente.

Zorán apareció en el umbral.

Vestía de negro, pero la ropa estaba tan rasgada y empapada de sangre seca que parecía sacado de una pesadilla. Sus botas dejaban marcas oscuras en el suelo. Su piel pálida contrastaba con los mechones rojizos pegados a la frente. Tenía una sonrisa amplia dibujada en esos labios gruesos, una sonrisa que no era de alegría, sino de alguien que disfruta del caos ajeno.

No entró. No hizo falta. Se quedó apoyado en el marco, golpeando con los dedos el umbral en un ritmo lento y amenazante.

—¿Te divertiste sin mí… o debo preocuparme? —preguntó con voz grave, inclinando apenas la cabeza, como un cuervo oliendo carne fresca.

DangerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora