40 | Fragmentos de un espejo roto

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Dmitry se hundió en la silla de madera, una estructura vieja y masiva que crujió bajo su peso. Mantenía la mirada fija al frente, impasible, mientras Amelia yacía desparramada sobre el suelo mugriento de la celda.

​Ella no solo temblaba, se sacudía en espasmos violentos, como si el frío le hubiera calado hasta la médula tras un baño de agua helada. Su piel, antes tersa, lucía ahora un matiz grisáceo y sudoroso. Dmitry observó el rastro de la aguja: una marca violácea que palpitaba con cada latido errático de su corazón. Para un organismo virgen, aquel compuesto no era una droga, era un veneno corrosivo que reclamaba su territorio.

​El silencio de la celda solo se rompía por la respiración sibilante de Amelia, que luchaba por atrapar aire entre arcadas secas. Sus dedos arañaban el suelo, dejando marcas blancas en la suciedad, mientras sus pupilas, dilatadas hasta borrar el color de sus ojos, buscaban un punto de apoyo en la nada. Dmitry la contempló ahí, despojada de su orgullo, y no pudo evitar preguntarse cómo una joven con tanto potencial había terminado reducida a un despojo humano, consumida por un odio que, finalmente, resultó ser más tóxico que la sustancia que ahora corría por sus venas.

​—Dime, Amelia, ¿valió la pena? —preguntó Dmitry, su voz arrastrando una indiferencia gélida mientras observaba el rastro de la jeringa en el brazo de la mujer—. ¿Valió la pena inyectarse esa basura?

​Amelia, atrapada en la tortura de la sustancia, dejó escapar una risa que sonó como cristales rotos. Aun con la sonrisa aterradora en su rostro, se arrastró por el suelo hasta apoyar la espalda contra la pared. El concreto estaba frío y manchado de una sangre que ya no se sabía si era de ella o de sus víctimas, pero ella pareció encontrar consuelo en ese contacto.

​—Al menos ahora conozco el sabor de su agonía —se burló, con los ojos dilatados fijos en un punto inexistente—. Para mí es un viaje de una sola vez, un capricho. Pero para ustedes... —Su mirada se enfocó de pronto en Dmitry, afilada como un bisturí—. Para ustedes fue la arquitectura de su existencia. Cientos de pinchazos, cables perforando el cráneo para registrar cada grito, drenando cada gota de humanidad hasta que no quedó nada más que este cascarón de asesino que tengo frente a mí.

​Dmitry no parpadeó. El insulto resbaló por su expresión fría.

​—¿Vives del sufrimiento ajeno, Amelia? ¿Es ese tu único combustible?

​—Solo del suyo —murmuró ella, limpiándose con el dorso de la mano el hilo de sangre que escapaba de su comisura. Lo hizo con una delicadeza perturbadora, como si se retocara el maquillaje—. Son ratas de laboratorio, Dmitry. Nacieron en una jaula de cristal y morirán bajo el microscopio de alguien más. No son hombres, son inventos.

​Dmitry se puso en pie. El movimiento fue fluido, carente de la agitación que Amelia buscaba provocar. La miró desde su altura, notando que, a pesar de los temblores del cuerpo, los ojos de la rubia no mostraban miedo, ni arrepentimiento, ni dolor. Solo un vacío absoluto, una ausencia de alma que rivalizaba con la de cualquier sujeto de Danger.

​—Lamento tu falta de empatía —sentenció él, ajustándose la chaqueta—. Pero si no guardas compasión por mis muchachos, no esperes que yo encuentre un ápice de ella para ti.

​Dmitry le dedicó una última mirada antes de darle la espalda. Amelia no gritó, no suplicó. Se quedó allí, fundiéndose con la sombra de la pared, con una sonrisa grabada en el rostro que sugería que, en su mundo de oscuridad, ella ya había ganado.

Dmitry caminaba con paso firme, flanqueado por sus dos hombres más leales. Las antorchas que sostenían cortaban la densa oscuridad de la noche, proyectando sombras alargadas y erráticas que danzaban sobre las paredes de piedra húmeda. El único sonido que rompía el silencio sepulcral era el crujir del fuego y el eco rítmico de sus botas contra el suelo frío.

DangerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora