En Danger habían muchos misterios ocultos, tanto del gobierno como el de los asesinos. Tantos secretos que existen y que nadie se imagina, ahora dime: ¿Eres capaz de descubrir lo que ocurre?
Vamos, acércate a Danger y observa lo que se oculta pero t...
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Al grupo sádico se le conocía por ser el más joven y también por ser el más cruel a la hora de asesinar. Su imaginación no tenía límites cuando se trataba de torturar, y les causaba excitación ver sufrir a otra persona. Con la llegada de Amelia, los asesinos sedientos de sangre solo esperaban la orden de su líder para matarla. La joven emanaba inocencia, todo lo que a un asesino de Danger le gustaba de una presa, y era algo que no podían resistir por mucho tiempo.
El primero en salir de su habitación fue Edel, quien caminaba por los pasillos sin camisa, peinándose el cabello con las manos. Era el líder del grupo, y su inteligencia y sadismo lo habían llevado a convertirse en un asesino poderoso y temible. Era un demonio capaz de matar en segundos con su cuchillo, y sin embargo, era atractivo para las mujeres. Se dice que a las mujeres les gustan los hombres crueles, aquellos que con solo ver su rostro sabes que te llevarán a la perdición, y él lo era.
Edel pasó por la habitación de Amelia, luchando contra el impulso de entrar y saciar su sed de sangre. Desde que la vio, no podía dejar de pensar en clavar su cuchillo en su pecho y verla sufrir. La idea de tenerla bajo el mismo techo era un tormento, ya que amenazaba con descubrir los secretos que Danger había mantenido ocultos durante tanto tiempo.
Al entrar en la sala, Edel se desplomó en el sillón, su mirada perdida en el vacío. Carlos apareció poco después, con el rostro somnoliento y una sonrisa macabra en los labios. Su atención se dirigió hacia el cuerpo sin vida que yacía en el sillón junto a Edel.
—¿Crees que esté muerto? —preguntó Carlos con seriedad, mientras tocaba la mejilla del cadáver con su dedo índice. El cuerpo estaba en avanzado estado de descomposición, y el hedor era insoportable para cualquier persona que no estuviera acostumbrada a la muerte.
Edel ignoró la pregunta de Carlos y siguió mirando al vacío, las mañanas eran su peor enemigo. Las bromas y risas de Carlos y Zorán solo empeoraban las cosas, y por un momento, Edel deseó poder deshacerse de ellos. Pero sabía que no podía, eran su familia, su grupo, su razón de ser.
Desde que llegaron a Danger, habían formado el grupo sádico, unidos por la sangre y la supervivencia. Se habían cuidado mutuamente en los momentos más oscuros, y después de sobrevivir, no había forma de separarlos.
Stefano bajó las escaleras, su camisa blanca planchada y su abdomen marcado le daban un aire de elegancia y madurez. Su rostro serio y firme parecía tallado en piedra. Detrás de él, Zorán caminaba con las manos en los bolsillos de su pantalón roto, descalzo y con una actitud de superioridad que solo un asesino de Danger podría tener. Su ego era tan grande como el cielo, pero sabía que no pertenecían al cielo, sino al infierno.
Stefano se movía con gracia en la cocina, preparando un desayuno que fuera digno de una dama. A pesar de su naturaleza oscura, tenía un lado caballeroso que salía cuando se trataba de mujeres. Nunca había hecho daño a una mujer, y se enorgullecía de ser un hombre de respeto.