38| El infierno en la tierra

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​—¿Y se supone que yo soy la loca? —inquirió Isabella, mirando con absoluto desagrado a la rubia que tenía delante.

​Amelia la miró con un odio hirviente, con aquel rencor frío que se había estado guardando todo ese tiempo. Hoy, por fin, podía dejar fluir el veneno que llevaba dentro, no solo contra Isabella, sino también contra todos los asesinos de Danger: odio y asco. Asco profundo por los monstruos en que se habían convertido.

​—No sabes lo mucho que disfrutaré degollarte, maldita víbora —gruñó la rubia, su voz áspera.

​El aire se había vuelto denso, cargado con el olor metálico de la sangre seca que apenas se disimulaba con el vago aroma a humedad y polvo de la habitación. Las sombras, alargadas y oscilantes bajo una única y débil lámpara colgante, parecían engullir los rostros de todos los presentes.

​—Piensas que ganaste, pero estás rodeada de asesinos que no dudarán en atacarte a la primera señal de debilidad.

​—¿Asesinos? No. Son simples ratas de laboratorio —soltó una carcajada hueca y burlona que resonó en el silencio, mofándose directamente en la cara de ellos.

​Zorán dio un paso al frente, la rabia cegándolo, pero fue detenido al instante por un gesto firme de Stefano. La rubia cruzó la mirada con el italiano, quien la observaba con una desilusión helada, una decepción que nunca antes había visto. Era una mirada cargada de juicio que, muy dentro de ella, la hizo sentir asqueada de sí misma, que le hizo sentir que tal vez... tal vez estaba equivocada.

​Sin embargo, su mente ya había trazado un objetivo inamovible. El fuego de la venganza era demasiado intenso para ser apagado, e ignoró por completo lo que estaba bien o estaba mal, lista para cruzar un punto de no retorno.

​—¿Por qué no dices la verdad, Isabella? —la voz de la rubia, cargada de una dulzura venenosa, se elevó en el silencio tenso—. Confiesa. Diles que tú eres como ellos.

​Isabella permaneció inmóvil, sus pies clavados al suelo. Sus ojos color azul eran pozos oscuros y vacíos mientras miraba a la rubia sin expresión alguna.

​—Diles que eres un monstruo —continuó la otra, dando un paso adelante, disfrutando del tormento—. Que han experimentado tanto contigo que ya no queda ni la ceniza de tu humanidad. Diles que has pasado toda tu vida conectada a circuitos y claves, sirviendo como nada más que una rata de laboratorio avanzada.

​La rubia sonrió con esa malicia pulcra que la caracterizaba.

​—Diles que ya no te sientes humana porque por dentro estás llena de sustancias desconocidas y cables que han modificado cada nervio y cada pensamiento. Que fuiste creada meticulosamente para ser la destrucción personificada, una insensible de mierda, incapaz de sentir ni una migaja de empatía por alguien más.

​Edel no pudo apartar la mirada de la pelinegra. Fue en ese instante que notó por primera vez cómo el dolor más puro y antiguo se reflejaba en los abismos de sus ojos. Vio, no a una villana sin sentimientos, sino a una persona completamente rota. Sus pupilas temblaban, expresando sin palabras todo el tormento y la carga de dolor que llevaba en el alma.

​El aire se sintió pesado. Isabella bajó la mirada a las palmas de sus manos, examinando las líneas y cicatrices como si fueran el mapa de su propia prisión.

​—Yo no pedí ser esto —susurró Isabella, y la voz, apenas un hilo áspero, sonó más frágil que cualquier grito—. Fui obligada a convertirme en este monstruo.

​De repente, apretó los puños con una rabia violenta, tan fuerte que sus nudillos se tornaron blancos. El temblor en su cuerpo se detuvo, reemplazado por una imponente figura, volviendo a levantar ese muro que había construido, mostrando a esa mujer cruel que nadie lastimaba. 

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