35 | En Danger, o te adaptas o mueres.

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Una gota cayó sobre el rostro de Isabella en cuanto lo alzó, queriendo ver el cielo, el cual estaba nublado y había adquirido un tono oscuro y amenazante. Más gotas comenzaron a caer, y pronto se desató una lluvia fuerte que golpeaba el suelo con fuerza. Edel, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, miró al cielo con una mezcla de frustración y determinación. La lluvia sería un obstáculo para encontrar a Aria.

-Será más difícil -murmuró el alemán, su voz baja y pensativa.

-Pero no imposible -dijo Isabella, sonriente, con una mirada brillante y desafiante. Su cabello negro, atado en una coleta alta, comenzaba a deshacerse debido a la lluvia, y ella decidió quitarse la liga, dejando ver su larga melena que caía por su espalda como una cascada de noche. Su cabello era tan negro como la oscuridad y brillaba con un toque de luz, como la luna en una noche clara.

Los ojos de Edel se detuvieron en ella, admirando su belleza y su determinación. Por un momento, pareció olvidar su objetivo y se quedó absorto en la figura de Isabella, que se destacaba bajo la lluvia.

-Ahí está -señaló Isabella, su voz firme y decidida, mientras apuntaba hacia un edificio abandonado en la distancia. Con este ya eran tres edificios que habían checado, pero no había señales de Aria. La lluvia no parecía disuadirla, y su mirada seguía fija en el edificio, como si pudiera ver algo que Edel no podía.

La lluvia seguía cayendo con fuerza, y el sonido de las gotas golpeando el suelo y los edificios creaba un ritmo constante. Edel se movió hacia el edificio, su mirada fija en la estructura abandonada, mientras Isabella caminaba a su lado.

Los dos entraron al edificio, y la oscuridad los envolvió. El único sonido era el golpeteo constante de la lluvia en el techo y las paredes, y los relámpagos que iluminaban el edificio con destellos breves y brillantes.

-¿Vas a seguir jugando, Isabella? -preguntó el alemán, su voz baja y seria, mientras encendía la linterna y un haz de luz iluminaba el espacio oscuro.

-No estoy jugando -respondió Isabella, con una sonrisa enigmática que no llegó a sus ojos. Su mirada parecía estar en otro lugar, como si estuviera viendo algo que Edel no podía ver.

-¿Dónde tienes a Aria? -preguntó él, con una mirada sombría y desconfiada. Su voz era cortante y directa.

-¿Por qué piensas que yo la tengo? -respondió Isabella, con una risa suave y burlona-. No entiendo por qué creen que soy tan mala. Tienen la peor imagen de mí -murmuró, mientras se acercaba a una de las columnas del edificio, su figura recortada contra la luz de la linterna-. No saben nada de mí, y aún así, desde el primer momento, decidieron tener una mala imagen de mí, creyendo que soy la villana de la historia -dijo, con una sonrisa que no parecía auténtica.

Edel la miró con una mezcla de desconfianza y curiosidad, intentando leer entre líneas y descubrir qué se escondía detrás de su máscara de indiferencia. Él miró a Isabella con una intensidad que parecía penetrar su armadura.

-Te recuerdo que fuiste tú quien creó esa mala imagen de ti -dijo, su voz baja y acusadora.

Isabella se encogió de hombros, su sonrisa irónica iluminada por la luz de la linterna.

-Tal vez debía actuar como una santa para que nadie sospechara de mí -dijo, refiriéndose a Amelia.

-¿Lo dices por Amelia? -preguntó Edel, su mirada fija en la de ella.

-Obviamente -respondió Isabella, su voz seca.

Edel se acercó un poco más a ella, su rostro a pocos centímetros del suyo.

-¿Qué te hizo el padre de Amelia para que lo mataras? -preguntó, su voz llena de curiosidad y desconfianza.

Isabella no se apartó, su mirada sostuvo la de Edel con una intensidad que parecía desafiarlo a preguntar más. Por un momento, pareció que el tiempo se detuvo, y solo existían ellos dos en la oscuridad del edificio. Luego, Isabella habló, su voz baja y misteriosa.

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