33 | Entre el cielo y el infierno

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Amelia miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en un bosque, no parecía haber algún escape y solo tuvo la opción de seguir un sendero pequeño. Caminó por varios minutos hasta que encontró una iglesia, estaba pintada de blanco y parecía estar recién construida. No dudó en acercarse y entrar. Al entrar, se encontró con bancas de madera a los lados. A pesar de que la iglesia estaba en un bosque alejada de la civilización, se encontraba en perfectas condiciones, algo que le resulto realmente extraño. 

Había estatuas de los santos y en el presbiterio se encontraba una cruz de madera grande donde estaba Jesús crucificado. La atmósfera era tranquila y serena, lo que contrastaba con la confusión y el miedo que Amelia sentía. Se detuvo un momento a observar el entorno, intentando encontrar alguna pista o respuesta a su situación.

Amelia subió al presbítero, mirando más de cerca a Jesús crucificado, y notó que había sangre fresca saliendo de las heridas que tenía en las manos y pies. La sangre parecía gotear lentamente sobre el altar, creando un sonido que resonaba en el silencio de la iglesia. Siguió caminando hasta la parte de atrás, mirando una puerta vieja que estaba con candado, cubierta de telarañas y moho. La puerta parecía estar allí desde hacía siglos, y Amelia se preguntó qué podría estar escondiendo.

Volvió de nuevo al presbítero, pero al llegar allí, se llevó una sorpresa aterradora. Todo había cambiado. Ahora, la iglesia parecía estar en ruinas, las bancas estaban derrumbándose y había cuerpos en el suelo en estado de descomposición, de los cuales salían gusanos que se arrastraban lentamente sobre el suelo de piedra. El aire estaba lleno de un hedor a muerte y descomposición, y Amelia se tapó la boca y la nariz con la mano para tratar de contener la náusea.

La cruz de madera que antes sostenía a Jesús crucificado ahora estaba vacía, y en su lugar había una figura oscura y sombría que parecía observar a Amelia con ojos vacíos. La iglesia estaba sumida en una oscuridad que parecía tener vida propia, y Amelia sintió como si estuviera siendo observada por algo maligno. Sintió un escalofrío que recorrió por completo su cuerpo, y no dudó en salir de aquel lugar tan tenebroso, huyendo de la oscuridad y el horror que parecía haberse apoderado de la iglesia.

Trompizó en una piedra sin siquiera darle tiempo de colocar las manos para no impactar en el suelo. Cerró los ojos y al caer sintió algo suave, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Abrió los ojos nuevamente, dándose cuenta de que estaba en su habitación, pero la sensación de realidad se desvanecía como un susurro en la oscuridad. Su pecho subía y bajaba tan rápido que ella sentía que el corazón se saldría de su pecho, como si estuviera tratando de escapar de algo que la perseguía.

—¿Estás bien? —preguntó Stefano abriendo la puerta de un golpe, su rostro preocupado iluminado solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana.

—Estoy bien —dijo ella, pasando su mano por su frente, sintiendo lo sudada que estaba. Pero su voz temblaba, y Stefano lo notó.

—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó Stefano, acercándose a ella con pasos silenciosos, como si no quisiera despertar a algo que estaba dormido.

Amelia asintió, sintiendo aquel escalofrío que aún recorría su cuerpo. No sabía cómo explicar la sensación que estaba sintiendo. Era la primera vez que tenía ese tipo de sueños, y la sensación de miedo y ansiedad se aferraba a ella como una sombra.

—¿Qué soñaste? —preguntó Stefano, sentándose en la cama junto a ella, su mirada intensa y penetrante.

Ella suspiró pesadamente antes de hablar, como si las palabras mismas fueran un peso que no podía soportar.

—Soñé con una iglesia, la cual estaba llena de cuerpos —dijo, recordando la imagen. La imagen se repetía en su mente como un eco macabro.

Stefano frunció el ceño y se quedó en silencio por varios segundos, como si estuviera procesando la información. Luego, se volvió hacia ella con una mirada que parecía ver más allá de la realidad.

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