Carlos se dejó caer sobre el viejo sillón de cuero, que crujió y rechinó bajo su peso. Soltó un suspiro pesado, de esos que arrastran el cansancio de mil batallas, y se acomodó con la nuca apoyada en el respaldo, clavando la vista en las manchas de humedad del techo. Su mente, sin embargo, estaba a kilómetros de ahí, en el molino. El alemán y el italiano estaban tardando más de lo previsto. Sabía que Amelia no cedería fácilmente, pero tras horas de "interrogatorio", hasta la voluntad más fuerte terminaba por quebrarse. Solo esperaba que la información obtenida valiera el rastro de sangre que estaban dejando atrás.
El eco rítmico de unas botas contra la madera anunció la llegada de Isabella. La pelinegra descendió las escaleras con una expresión vacía. Al notar la presencia del mexicano, se detuvo un instante y le dedicó una mirada gélida e indescifrable, un escaneo rápido que Carlos devolvió con la misma intensidad. Ella no dijo nada, simplemente cruzó la estancia y se sentó en el sillón frente a él, manteniendo la espalda recta como una vara.
Carlos la estudió de reojo. El rostro de Isabella era serio: ni una pizca de fatiga, ni un atisbo de duda. Sus ojos eran dos pozos negros que no reflejaban la luz de la habitación, aun cuando lucía unos ojos azules, estos parecian no tener brillo. Fue ahí cuando las palabras que había dicho Zoran resonaban en su cabeza: «Esa mujer no tiene alma, Carlos. La mataron hace mucho tiempo».
Verla ahí, tan inmóvil, hacía que Carlos se preguntara si Zorán tenía razón. ¿Habría muerto Isabella por dentro para que el arma pudiera sobrevivir por fuera?
A pesar de la frialdad que emanaba de ella, Carlos no sentía rechazo, sino una empatía silenciosa y amarga. Él conocía el proceso de deshumanización mejor que nadie. No era una elección convertirse en un monstruo cuando el mundo te obligaba a serlo antes de aprender a ser hombre.
Recordó el frío de las paredes de concreto cuando su propia madre lo entregó a la organización con apenas doce años. Recordó el hambre, el miedo que se transformó en rabia y los años de encierro donde el sol era solo un mito que otros contaban. Isabella y él eran dos caras de la misma moneda gastada: niños rotos convertidos en herramientas de precisión.
—¿Puede ser feliz alguien que ha sido destruido por completo? —inquirió Carlos, con la voz apenas por encima de un susurro, mientras sus ojos se perdían de nuevo en el laberinto de grietas que surcaban el techo.
La mujer guardó silencio un instante, dejando que la pregunta flotara en el aire de la habitación.
—Me he hecho esa misma pregunta frente al espejo demasiadas veces —respondió ella al fin, con una frialdad que calaba los huesos—. Y por más que intente convencerme de lo contrario, la respuesta es no. Alguien que ha sido reducido a escombros y es incapaz de juntar sus propias piezas, jamás encontrará la felicidad.
Se giró levemente, permitiendo que un mechón de cabello negro ocultara parte de su expresión endurecida.
—Ese tipo de personas no viven, solo permanecen. Habitan el mundo con el único propósito de devolver el golpe, de vengar cada cicatriz contra quien les causó la herida. La venganza no es felicidad, Carlos, es solo un sedante.
Carlos soltó un suspiro largo y pesado, sintiendo cómo el aire se volvía más denso. No buscaba una lección de realismo crudo, pero la pelinegra no conocía el optimismo. En ese momento, comprendió que el pesimismo de ella era un espejo demasiado fiel de sus propios miedos, y lo que él necesitaba con una urgencia desesperada era una compañía que no oliera a cenizas.
—Toda mi vida he vivido en una burbuja de fantasía, Isabella. No necesito que vengas ahora con tu realismo —murmuró el mexicano, forzando una mueca que intentaba ocultar su vulnerabilidad.
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Danger
Mystery / ThrillerEn Danger habían muchos misterios ocultos, tanto del gobierno como el de los asesinos. Tantos secretos que existen y que nadie se imagina, ahora dime: ¿Eres capaz de descubrir lo que ocurre? Vamos, acércate a Danger y observa lo que se oculta pero t...
