37 | La maldad habita aquí

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Stefano suspiró y cerró la puerta con suavidad en cuanto Aria se había dormido, asegurándose de no perturbar su descanso. Bajó las escaleras con lentitud, su mirada fija en los rostros de los presentes. Todos estaban sentados en silencio, con Dmitry despidiéndose de Edel con una expresión seria. Las palabras del ruso no parecían agradables para Edel, quien mantenía una postura rígida y una mirada tensa.

El líder, sin embargo, parecía tranquilo, con una calma que contrastaba con la tensión en el aire. Stefano observó todo desde lejos, sabiendo lo que Dmitry le había dicho al alemán. Su mirada se deslizó hacia Amelia, quien miraba a todos con confusión, sin entender lo que estaba sucediendo. Todo parecía caótico para ella, y su rostro reflejaba su desconcierto.

Isabella, por otro lado, parecía normal, como si nada hubiera pasado. Su rostro estaba sereno, y su mirada no revelaba ninguna emoción. Stefano se preguntó qué estaría pensando, pero no tuvo tiempo de reflexionar sobre ello, ya que su atención se centró en la tensión que se estaba acumulando en la habitación. Stefano sabía que las cosas estaban a punto de estallar.

—Parece que ha llegado la hora —murmuró Carlos, su sonrisa siniestra iluminando su rostro en la penumbra de la habitación. Su voz era baja y misteriosa, y parecía disfrutar del suspenso que estaba creando.

—¿La hora de qué? —inquirió Amelia, su voz llena de incertidumbre y curiosidad. Miró a Carlos con una mezcla de miedo y expectación, sin entender qué estaba sucediendo.

—Ya lo sabrás —dijo Carlos, su sonrisa creciendo aún más. Su respuesta fue evasiva y misteriosa, y Amelia se sintió cada vez más incómoda.

Edel cerró la puerta detrás de él y suspiró profundamente, mirando al italiano con una expresión seria. Stefano asintió con la cabeza, dándole ánimos para lo que tenía que decir a continuación. El alemán se sentó junto a la pelinegra, quien lo miró en silencio, su rostro inexpresivo. Parecía que sabía lo que Edel estaba a punto de decir, y su mirada era casi de resignación.

—El líder me dio el permiso para hablar de este tema con ustedes dos, ya que observaron lo que le sucedió a Aria —comenzó a hablar Edel, su voz seria y medida. Su mirada se deslizó hacia Amelia y luego hacia Isabella, como si estuviera evaluando su reacción.

Zorán se cruzó de brazos y miró a cada una de las mujeres, su rostro inexpresivo pero con una mirada intensa. Estaba esperando a ver alguna actitud o mueca que revelara sus pensamientos.

—No hagan preguntas, solo escuchen primero lo que Edel tiene que decir —dijo Stefano, su voz firme y autoritaria. Amelia asintió ansiosamente, su rostro reflejando su curiosidad y preocupación. Estaba claro que quería saber lo que estaba sucediendo.

Isabella, por otro lado, no dejó de mirar a Edel, su mirada fija y expectante. Estaba esperando respuestas ante tanto misterio, y su rostro mostraba una mezcla de interés y cautela. La tensión en la habitación era palpable, y todos parecían estar conteniendo la respiración, esperando a que Edel continuara hablando.

—¿Qué pasó con Aria? —no pudo evitar preguntar Amelia, a pesar de la advertencia de Stefano. Edel la miró con una expresión seria, y luego comenzó a hablar de nuevo.

—El gobierno no nos ocultó en esta ciudad solamente por ser asesinos. Cuando éramos más jóvenes, nos capturó el gobierno, privándonos de nuestra libertad y convirtiéndonos en experimentos para ellos. Nos mantenían encerrados en lugares oscuros, donde permanecíamos encadenados, y cuando no lo estábamos, era porque nos llenaban la cabeza de cables, torturándonos de las peores maneras.

—¿Por esa razón Aria y Carlos actuaron de esa forma? —preguntó Amelia, mordiéndose el labio inferior con ansiedad.

Edel asintió con la cabeza, su mirada fija en Isabella, esperando que preguntara algo. Sin embargo, la pelinegra solo se cruzó de brazos, atenta a todo lo que decía el alemán, aunque no parecía sorprendida. Su rostro era una máscara de calma, como si ya estuviera al tanto de todos los secretos de Danger.

DangerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora