En Danger habían muchos misterios ocultos, tanto del gobierno como el de los asesinos. Tantos secretos que existen y que nadie se imagina, ahora dime: ¿Eres capaz de descubrir lo que ocurre?
Vamos, acércate a Danger y observa lo que se oculta pero t...
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El silencio era tan incómodo para la desconocida que, a pesar de haber vivido sola durante tanto tiempo, no pudo evitar sentirse abrumada por la tensión en el aire. Soltó un suspiro cansado y desvió la mirada hacia otra persona, evitando los ojos de Amelia, que estaba congelada en su sitio y sorprendida por la mención de su nombre por parte de la pelinegra.
Todos estaban confundidos por lo que había dicho la pelinegra, y se preguntaban cómo conocía a Amelia. Stefano fue el primero en reaccionar y se acomodó la camisa antes de acercarse un poco a la desconocida.
—¿Conoces a Amelia? —preguntó Stefano, su voz llena de curiosidad y un toque de cautela.
La pregunta resonó en el aire, y todos se inclinaron hacia adelante, ansiosos por escuchar la respuesta. El grupo sádico se hacía la misma pregunta: ¿qué relación tenía la desconocida con la rubia? No parecían ser amigas, ya que eran tan diferentes como para llevarse bien.
—Todos en Danger la conocemos —dijo ella con un gesto despectivo, como si el asunto no tuviera importancia.
Edel dio un chasquido con la lengua y vendó su pierna antes de mirar a la pelinegra. Se apoyó en sus rodillas y se inclinó cerca de ella, sintiendo el aliento del otro.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Edel, su voz baja y amenazante, mientras sus ojos se clavaban en los de la pelinegra con una intensidad que hizo que ella se sintiera incómoda.
—Pero tú no eres una asesina y, por lo tanto, no perteneces a Danger —le hizo saber Edel, su voz llena de convicción.
—¿Y quién dice que no? —respondió ella con una sonrisa enigmática, sin apartar la mirada de Edel.
—No pareces ser una asesina —comentó Zorán, que había estado en silencio todo este tiempo, observando a la desconocida con detenimiento. Estaba analizando su manera de ser y realmente no parecía ser como ellos. Tenía algo que causaba curiosidad, pero no le veía esa mirada que todo asesino tenía.
—Como sea —dijo ella, mirando hacia la ventana con un gesto de aburrimiento.
No quería estar hablando sobre algo que me causa tedio. Solo quería descansar y al día siguiente seguir con su plan, que le parecía interesante y divertido. Stefano notó que ella ya no diría nada más, así que se movió de donde estaba y se colocó enfrente de ella, acercándose como si fuera a compartir un secreto.
—¿De dónde la conoces? —preguntó, refiriéndose a Amelia, su voz baja y llena de curiosidad.
La desconocida lo miró fijamente, y por un momento, pareció que iba a responder. Pero luego, su mirada se desvió hacia otro lado, y Stefano se preguntó si había algo que ella no quería revelar.
—Escuché a unos asesinos hablar de Amelia Young, o mejor dicho, la presa —se burló la desconocida, con una sonrisa maliciosa en su rostro.
—Nadie me llama presa —reprochó Amelia, su voz llena de indignación.