No te alejes de mí.

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(Pablo)

—No estás aquí.—repetí en voz alta, hasta que la figura de Pedro se desvaneció y continué con mi camino—No estás aquí. No me has encontrado. Estoy alucinando por la desesperación. No estás aquí.

Al tratar de convencerme de aquellas mentiras, caminaba con los ojos cerrados, y tropecé. Caería de frente, quién sabe sobre qué; tal vez arbustos, tal vez ramas, tal vez un precipicio...
Pero ni siquiera caí, porque algo me atrapó, y sólo entonces abrí los ojos.
Era Mirabel; por supuesto que era Mirabel.

Es decir, ¿quién más podría ser?

Una vez recuperado mi equilibrio, quise seguir con mi camino, pero el literal fantasma de Mirabel no me lo permitió.

—Para, ahora.—me ordenó después de un silencio inmóvil, y yo, por supuesto, obedecí.
Porque soy un completo idiota.

—Regresa con tu familia.—le pedí—Tú perteneces allí, yo no.

—Tú no tienes derecho a decidir en dónde perteneces; perteneces y ya.—me aseguró—Y perteneces con nosotros.
Conmigo.

Di unos pasos adelante, y ella no me siguió. No sabía si sentirme tranquilo o decepcionado, cuando volví a escuchar su voz en una triste y suave carcajada.

—¿A qué estás jugando, Pablo?

Me volteé y me acerqué de nuevo.

—¿Y ahora de qué hablas?

—No te hagas el tonto.—empezó a enojarse, y yo me temí lo peor—Nos miramos, nos sonreímos, nos tocamos, nos escuchamos, nos protegemos, nos cuidamos... ¿Y ahora huyes?—se acercó unos pasos más—¿Qué es lo que tratas de conseguir?

—Mirabel, yo-

—¿Por qué actúas de esta forma y esperas a que no me enamore?

—No quiero conseguir nada, ¿está bien?—finalmente pronuncié—Conocerte no era parte del plan. ¿Qué esperas que hagamos, Mirabel? ¿Que seamos algo y nos enamoremos para luego recordar que de todos modos nunca se podrá porque sólo uno tiene una vida por terminar? ¿No nos hemos hecho suficiente daño entre nosotros ya?

—¡Nada de eso tiene que pasar, Pablo!—me gritó desesperada—No tienes que ser mi novio, no tienes que esperarme, no tienes que aferrarte a enamorarte.

—¿Entonces qué esperas de mí?

Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de mi cuerpo, y levantó la mirada hacia mis ojos, ya cristalizados por todo lo que no había visto venir.

(Mirabel)

—No puedo seguirte y dejar a mi familia...—acepté, más luego enmarqué su rostro en mis manos; no sabía cuál parte de su rostro me encantaba más, así que lo recorrí entero con una mirada desesperada—Pero tampoco puedo separarme de ti.

Me puse de puntillas y le planté un beso.
Fin.

No es lo que se lee en libros. No fue largo y apasionado; sus labios no sabían a chocolate, y mucho menos sentí calor.

Simplemente le planté un beso de máximo dos segundos, con los ojos cerrados y mi corazón fuera de sí.

Sólo me digné a recuperar la vista cuando nuestros labios se separaron, y sin que nuestras frentes se separaran un sólo milímetro y aún en la oscuridad, distinguí las lágrimas saliendo de sus ojos, y entonces el llanto también se apoderó de mí.

Lo abracé con todas mis fuerzas, y sentí sus brazos alrededor de mi cintura.

—Si un día dejas de quererme, puedes irte y no protestaré... Pero mientras tanto, no huyas. No te alejes de mí.

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