ATENCIÓN: Segunda parte de Mors Memoriae.
Contiene spoilers del final de Mors Memoriae, aunque podrías leerlo por separado ya que la historia no estará centrada en Atria Potter si que se mencionarán spoilers de la primera parte.
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Mara no pega ojo esa noche. Se mete en la cama y espera a que George salga del baño. Le observa cojear de nuevo hasta la cama de Jake. No puede dormir de nuevo cuando acababa de despertarse porque el chico estaba gritando como si se estuviera muriendo. De hecho, ni siquiera recordaba haberse quedado dormida, solo que se había tumbado en la cama, jugando con su varita y había empezado a oír el grifo del agua. Había notado como, de repente, levitaba y luego las sábanas sobre ella y se le escapó un suspiro. Entonces lo siguiente fueron los gritos de George y, por un momento, pensaba que eran los gritos de Jake y que volvían a estar en diciembre.
Primero había estado desorientada, pensaba que volvía a quemarse. Se había sentado en la cama, intentando quitar la pesadilla, pero los gritos seguían y entonces se había movido un poco, lo justo como para ver, entre las cortinas, un pequeño rayo de la luna que iluminaba la cama de Jake. No estaba sola y el grito venía de ahí. Y luego recordó a George y saltó de la cama.
Ahora los dos estaban fingiendo que estaban durmiendo, pero por la forma en la que George respiraba —tenía que haberle llevado con Don, ¿por qué no lo había hecho? Tenía que haberle llamado, estaba a tiempo de llamarle— se notaba que la pierna le seguía doliendo horrores. Y, probablemente, le seguiría doliendo.
Había leído cosas de esas, en novelas muggles donde involucraban la magia. Siempre eran maldiciones que hacían que el protagonista tuviera que buscar la forma de pararlas para salvar al mundo o algo así. Estaba claro que aquí no había nada que salvar, George solo era George, por mucho que hubiera ayudado al elegido del momento, él no tenía nada que ver con todo eso. Así que, lo que quedaba, era que sí que estuviera maldito. Quizá le había dado algo en la Batalla de Hogwarts y se empezaban a manifestar los efectos ahora. La verdad es que no solo debía llamar a Don, también a su psicóloga, quizá podría llevárselo alguna vez, ella sabría que hacer con él.
Mara se acaba cansando de estar en la cama, con los ojos cerrados y controlando su respiración, así que se levanta, justo cuando el sol empieza a salir por el horizonte. Lleva mucho tiempo sin ver un amanecer, así que se va directa a la ventana del salón. Ve el sauce desde allí esa mañana y las ganas de volver son demasiado fuertes, pero se resiste y solo lo observa, a lo lejos. Las ramas se mecen con el aire, suavemente, como si no hiciera frío, pero la realidad es que sí que lo hace.
No puede evitarlo, va al sofá, coge una de las mantas que tienen allí sus padres y abre la ventana para sentarse en el alfeizar. El aire fresco de la mañana basta para despertarla. A ella y al dolor de cabeza por tanto vino y no haber dormido. Debería intentar dormir, porque se nota lenta, nota como el hilo de sus pensamientos va de un lado a otro y, de repente, el sol no está saliendo, si no que ya estaba dándola en los ojos, cegándola. Los cierra, todavía sentada en el alfeizar. No le da miedo, sabe que no se iba a caer, lo ha hecho tantas veces que podría hacerlo borracha y no se caería. Era su lugar, la ventana, con el sol calentándola, llenándola de energía. Poco inta que se cuele el frío entre la manta y la haga tener escalofríos por estar en pantalón corto, se siente como en casa, se siente como ella.