CAPÍTULO 13: Reclamos

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Xander Knox

—Xerxes.

—¡Papá! —exclama corriendo por la entrada del umbral de la mansión.

Cierro la puerta dejando las llaves colgadas y apoyo una rodilla en el piso abriéndole los brazos al enano que se me salta encima rodeándome con sus pequeños brazos el cuello. Su aroma a talco con perfume de bebe impregnado en su ropita, en sus bracitos, en su cuello y el resto de su pecho.

Papá siempre hace que Xerxes huela de maravilla, dan ganas de estrujarlo todo el día, especialmente porque adora estar apretando en los brazos de las personas. Xerxes adora los abrazos en mil formas al igual que los besos.

Tal vez lo he acostumbrado a ello, demasiado podría decirse.

Beso su mejilla prendiéndome del aroma en su pecho. Lo cargo sobre mi antebrazo elevándolo a medida que me pongo de pie y observo a mi padre asomando el rostro por la puerta de la cocina.

Asiente indicándome que mi hijo ya ha tomado sus medicamentos, leche y cambios de pañal. Sin duda él es toda una ayuda, en Grecia tenía mucho tiempo ocupado, difícilmente podía ir a hacer compras para la despensa, todo era por internet y únicamente los sábados y domingos salíamos a algún lado de la ciudad.

A veces me pregunto si va a recordar alguna de las cosas que estamos pasando. Apenas tiene dos años y parece que tuviera cuatro, es una verdadera aventura tenerlo todo el tiempo conmigo, nunca se sabe que va a suceder.

—¿Quieres cocinar conmigo? —le pregunto quitándome la mochila de la espalda, dejándola a un lado de la entrada.

—Sipi —mueve sus piernecitas sonriendo ampliamente.

Hasta la sonrisa es de Rev.

—Haremos la cena ¿okey? —propongo dirigiéndome a la cocina donde papá sigue escondido.

—¡Si! ¡si! ¡si!

Esbozo una sonrisa llevándomelo al interior de la habitación. Papá da un brinco fuera de su escondite asustándolo y Xerxes tiembla aferrándose a mí, pero finalmente aplaude riéndose, mueve suavemente su nariz y reparo en el gesto que ha heredado de su tío.

Lo dejo en el piso y papá se apresura a cargarlo levantándolo en el aire, Xerxes aplaude nuevamente, sus carcajadas de bebe revolotean en la estancia haciendo que nos riamos en su compañía. Es tan contagioso como ver a su madre sonreír.

Por todos los cielos, todo me recuerda a su madre.

Desvío la mirada tomando los pedazos de carne que la cocinera ha separado. La vieja mujer se me queda viendo desde unos metros adelante mientras termina de lavar los vegetales. Sonríe contenta con una inclinación a modo de saludo que correspondo y me acerco a su lado para tomar las verduras que vamos a utilizar.

—¿Hará pasta, joven Xander? —me pregunta con tono dulce y cálido.

—No lo creo, hoy va a degustar un platillo que solíamos comer en Grecia. En ese entonces Xerxes chupaba desde un dispositivo, ahora si puede comer.

—El bebé es muy educado, no hace rabietas ni llora cuando se le pide que espere o le negamos algo.

—¿Qué le niegan? —rio por lo bajo tomando un cuchillo para pelar las papas.

—Los dulces que el doctor le dijo que no consumiera, joven.

—Gracias por la ayuda —sonrío apartando las verduras.

Ella observa con atención a cada uno de mis movimientos, tomo los macarrones y los abro regándolos en la olla con agua. Lo pongo encima de la cocina encendiendo el fuego y Xerxes se acerca corriendo para que lo cargue.

Odio ficticioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora