Huir es mi meta y objetivo, nada ni nadie se va a interponer en ello. Mucho menos el escuchar que no hay salida, que no hay escape.
Yo deje atrás algo por lo que seguir y no importa que tan verdes sean los ojos de ese hombre egocéntrico, que me reco...
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Sadasha
Su rostro expresa todo, mucho más que su seriedad habitual. Camino hacia ella con la cabeza baja pues sé lo que me espera, mis manos no paran de temblar y el ardor en mi entrepierna no cesa.
—Elena... —se quedan las palabras suspendidas en el aire.
—Necesito que me diga que hace ahora mismo ¿qué hacía con ella ahí dentro?
Él se queda en silencio y yo no puedo más que mirar al suelo.
—No tengo por qué darte explicaciones a ti —le espeta de pronto.
Sale caminando a paso lento por nuestro lado y Elena se gira para hablarle.
—Deje de jugar con ella, ella no está aquí para eso... —le dice con voz baja—, sabes claramente lo que sucedió con María, por favor alteza, otra vez no quiero que termine así.
Al escuchar eso mis piernas creo que se aflojan, pues me siento sumamente débil y él ni siquiera se gira, solamente al ver que Elena no dice nada más, sale por la entrada y se dirige sabrá dios a dónde.
¿María? ¿qué le habrá sucedido?
—¡Vamos!
Elena sale y la sigo, me lleva por uno de los pasillos largos hasta que se gira y me encara.
—Debes huir de él —inquiere.
—Sabes que es imposible —musito casi para mí misma.
—Lo sé pequeña, lo siento —me dice y me abre los brazos.
Me envuelve en un abrazo cálido y comienzo a derramar lágrimas.
—¿Fue tu primera vez? —pregunta y yo solo asiento en sus brazos.
¡Cómo extraño a mamá!
—Lo siento —me dice de nuevo.
Luego de unos segundos me separo y le digo viéndola a los ojos:
—Ayúdame a espacar, por favor —suplico.
Ella se me queda viendo por un rato hasta que baja la cabeza en un gesto de pena.
—No puedes salir de aquí —me explica.
—Haré lo que sea, trepar un muro, correr, cualquier cosa.
—Lo siento Sadasha, una vez dentro es imposible salir, cuando llegué aquí busqué igualmente mil formas; una de las que llegó conmigo lo logró... —habla con calma viéndome a los ojos—, pero su libertad no fue por mucho, la buscaron por todos lados hasta que dieron con ella. Aún me parece ver su cadáver enganchado en una gran farola que había en el jardín que te sientas luego del almuerzo.
—¿Cómo... cómo la encontraron? —pregunto con tristeza.
—Ellos saben de donde tú eres y hasta quién te dio a luz, el rey hace censos cada mes, todos los nacidos y muertos lo sabe. Tiene papeles de todos y cada uno de nosotros.