Huir es mi meta y objetivo, nada ni nadie se va a interponer en ello. Mucho menos el escuchar que no hay salida, que no hay escape.
Yo deje atrás algo por lo que seguir y no importa que tan verdes sean los ojos de ese hombre egocéntrico, que me reco...
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Sadasha
Me vi sin opciones, juro que no tuve otra alternativa que decir eso que dije. Aunque pensándolo bien, ¿desde cuando no llega mi período?
Desde aquella vez hace más de un mes en los establos. Lo dije sin pensar, pero espero que no sea real, no quisiera ser madre tan rápido.
Los brazos de Esteban me envuelven con premura. Me aprieta junto a su torzo fuerte y al fin puedo respirar en paz. Mis ojos van al cuerpo inerte de Hassie, que está ahora mismo rodeado de monjes al parecer, ellos la prepararán para un funeral, imagino que secreto. Le dirijo la mirada a Anna y ella con sus ojos llorosos y llenos de sufriemiento mueve su cabeza asintiendo.
Mi pecho duele al ver a su pequeña toda irreconocible sobre el suelo. ¡Joder! Yo rompo a llorar ahora mismo, Esteban lo nota separándose de mí y tomando mi cara en sus manos. Acuna mis mejillas y limpia con sus yemas las lágrimas que van callendo. Me estremezco al verlo haciendo eso.
—Ya está, estás a salvo revoltosa—susurra en mi cara y no sé como pero sus palabras me hacen tranquilizarme un poco.
Sin aviso me toma entre sus brazos levantándome del suelo, como si fuese una pluma. Su firme pecho lo palpo a través de la tela, deleitándome en verlo tan cerca de mis ojos. Poso mi cabeza en su hombro dejándome vencer por el cansancio del día. No sé cuánto caminó conmigo en sus brazos, solo sé que desde que abrí los ojos estoy en una habitación irreconocible para mí.
Las grandes cortinas negras en las ventanas llaman mi atención, diviso bajo la misma un leopardo grandísmo envalsamado, un estante de espadas de todo tipo y formas, todas al parecer de oro. Cuadros y búcaros con muebles de de pieles por todos lados. Es la habitación más grande a la que he entrado.
Fijo mi atención en mi cuerpo, me cambiaron de ropa, pues llevo solo una fina bata de seda negra puesta, las sábanas de la inmensa cama me cubren toda la parte inferior de mi cuerpo. De forma abrupta abren la puerta dorada de la entrada y me sobreslato en la cama.
¡Estoy realmente trumada!
El príncipe heredero entra y su rostro al principio preocupado cede al verme, se torna suave y dulce. Seguido de él entra un hombre mayor y bastante canoso, su barba llega casi a su pecho y con él trate tipo una maleta cuadrada en sus manos. La pone sobre la cama y veo como Esteban me toma de una mano con cariño.
—Es el médico real su nombre es Will—explica el príncipe aclarando mis ideas.
Mi corazón empieza a alocarse en mi interior de pensar en por qué está justo aquí. Sin rodeos o preliminares, toma mi mano y va directo a medirme el pulso. Los nervios están a flor de piel, ¿y sino estoy? ¿y si sí lo estoy?
Tras varios segundos todos en silencio, él suelta mi mano y sonríe con alegría.